Mercredi 6 février 2008

 

Aunque no son lo mismo, tanto el Socialismo como el Comunismo, esgrimidos por los anarquistas, parten de la base del reconocimiento por parte de estos últimos de la lucha de clases.

 

Desde el punto de vista anarquista se trata de un avance respecto a las posiciones del anarquismo individualista que, bien llevado, desemboca en anarco-capitalismo y en anarco-liberalismo. O en nihilismo que, como se sabe, es la base del fascismo.

 

Solamente cuando el anarquismo individualista plantea la emancipación de los sujetos del yugo de la explotación, y deja de ser prédica del individualismo –solipsismo- para ser emancipación colectiva de los individuos colectivamente oprimidos y explotados, es ventajosa su prédica. Casos como el individualismo ácrata de Émile Armand y su escuela. No así con Stirner, con Giménez Igualada y otros, porque éstos antes que anarquistas son solipsistas.

 

Cuando el individualismo no es solipsismo todos los anarquistas lo aplaudimos. Pero en la sociedad de masas, incluso en la sociedad urbanizada, el solipsismo requiere de una base material para poder expresarse, esa base material la proporciona el capitalismo, la acumulación, la competencia, etc. Todo solipsista que se precie es un darwinista social: en la lucha por la vida no importa si cae el otro, no me interesa su rollo, que se joda, debo hacerme rico, debo realizarme, ser yo. La cultura del punk es totalmente solipsista incluso en su estética. Y también pasa lo mismo con la cultura de la droga, el underground, la homosexualidad, etc.

 

Pero todavía mucho de lo que pasa por “socialismo libertario” –pareciera que no es el caso de su expresión en América, donde algunos prefieren el término de “socialismo” por el de “comunismo” por haber estado este último sometido a un proceso de “lavado de cerebro” brutal a raíz de la Guerra Fría- guarda altas reminiscencias solipsistas. O individualistas, en ese sentido.

 

A decir verdad, en la tradición ácrata, socialista libertario sería el que, en España, llamaban colectivista, es decir, el que supone que cada cual debe ser recompensando por la sociedad “de acuerdo al producto de su trabajo”. Este axioma mantendría la desigualdad inicial del capitalismo. El comunista, al contrario, estima que cada cual debe recibir de la sociedad “de acuerdo a sus necesidades”. Por tanto, el comunista libertario parte de una base todavía no corroborada: la posibilidad de que exista el “montón” y cada cual tome de él lo que necesite, es decir, ya no habría escasez sino abundancia.

 

P. Kropotkin, al influir en el anarquismo, cancela la querella entre individualistas y colectivistas, y plantea el comunismo. Desde ese momento los anarquistas se hicieron comunistas: la toma del montón. El anarco-comunismo, que es la doctrina de Kropotkin, tiene una explicación antropológica y, por tanto, evolucionista. Lo mismo hace Reclús, del círculo íntimo de Bakunin; y, a su vez, Cafiero, que es el que irá a revelar que el viejo Bakunin no era colectivista sino comunista y que las expresiones colectivistas de Bakunin se debieron a concesiones que hizo a los proudhonianos franceses en las luchas ideológicas de la Internacional. Igualmente, todo el anarquismo italiano, con Malatesta a la cabeza, era comunista en ese sentido: la toma del montón. Los ácratas españoles de la Internacional serán comunistas y varios congresos de la Internacional española –del siglo XIX- se volcarán a estudiar la viabilidad del anarco-comunismo. Asimismo, la CNT española –fundada en 1910- será kropotkiniana.

 

El magonismo mexicano y el forismo argentino serán asimismo anarco-comunistas. La FOLA colombiana será tan anarco-comunista que cuando estalla la Revolución Bolchevique muchos de sus cuadros terminarán formando el Partido Comunista colombiano. En México, guante la década de los 1920, Enrique Flores Magón logrará la alianza de los anarco-comunistas con los comunistas bolcheviques y, él mismo, será fundador del Partido Comunista cubano. Por su parte, el Partido Comunista en Brasil, afiliado a la KOMINTERN, será fundado por los anarquistas. Lo mismo sucederá en casi todos los países de Iberoamérica.

 

En Venezuela, Rodolfo Quintero llevará su “anarcosindicalismo” a los cuadros obreros que participaron en la fundación del PCV. Otros anarcosindicalistas, como Francisco Olivo y Salom Mesa, se irían a Acción Democrática, el segundo a regañadientes para aquellos años –cuarentas, del siglo pasado-.

 

La diferencia que hay entre el “anarco-comunismo” y el “comunismo anarquista” es inmensa pero se centra, fundamentalmente, en el asunto de la organización específica de los anarquistas. Los “anarco-comunistas” dejan el logro de la anarquía a la natural espontaneidad de las masas. Dicen que, llegado el momento –el “hecho revolucionario”-, las masas mismas, el pueblo, impondrá la anarquía, y hasta un viejo masón anarco dijo que “anárquico es el pensamiento y hacia la anarquía marcha la historia”. Así que los “anarco-comunistas” se proponen divulgar la “buena nueva” de la anarquía entre las masas y éstas dispondrán.

 

En cierta forma, P. Kropotkin era un poco cristiano –Tolstoi es el fundador del “anarquismo cristiano”-, mas a la usanza rusa donde no impera el Papado sino la Iglesia Ortodoxa. Los anarco-comunistas son como los viejos cristianos, la anarquía para ellos es un sustituto de la religión, religión de masas, religión anticlerical pero religión al fin y al cabo. La FORA fue, en su época heroica, por ejemplo, un movimiento cuasi religioso que permitió unificar a los inmigrantes de Rosario y Buenos Aires. Usted para ser miembro de la FORA –que era un sindicato- necesitaba ser, primero, anarquista. Este esquema hizo que muchos anarquistas, más partidarios del anarcosindicalismo, formaran tienda aparte –FORA IX Congreso; Unión Sindical Argentina; etc.-

 

El “comunismo anarquista” –que es la corriente a la cual nosotros nos adscribimos- ha sido ampliamente teorizada por los compañeros de la Federación de los Comunistas Anarquistas de Italia [FdCA] (http://www.fdca.it/), parte de una base filosófica crucial: la clase social. (Cf. “Comunisti Anarchici, una questione di classe”, escrito por Saverio Craparo, miembro del comité central de la FdCA). También véase “La teoria dei comunisti anarchici (1976)” (este último es un documento histórico, producido por la Organizzazione Rivoluzionaria Anarchica, movimiento existente durante el período 1975-1986, y cuya continuación es la ya citada FdCA).

 

En ese sentido el “comunismo anarquista” es un “anarquismo proletario”, entendiendo que la clase social proletariado incluye a todas las clases explotadas y oprimidas por el capitalismo, y no sólo a la clase obrera fabril o al campesinado. En ese sentido, el Estado, ese aparato de coerción, siempre es el aparato de coerción de una clase dominante, siempre. No es, como presumen los liberales, el producto del “hombre maluco” que, dueño “del poder”, es ingrato con sus congéneres, es decir, “el rey perverso”. No es “el poder” el problema; éste es la lucha de clases.

 

Antes de proseguir es importante desarrollar el tema de otra vertiente del “anarquismo proletario”, es decir, el anarcosindicalismo. Así como el sindicalismo revolucionario nació en Francia, el anarcosindicalismo nació, a la vez, en Alemania y en España. El anarcosindicalismo, que representa una superación del “movimiento obrero anarquista”, de la FORA Vº Congreso, aspira, por su vertiente posibilista, a que, tras el “hecho revolucionario”, los sindicatos devengan en gestores del poder popular, es decir, en los órganos de la autogestión. Por su vertiente maximalista, el anarcosindicalismo, sin renunciar a la función postrevolucionaria de los sindicatos, admite que la revolución creará formas nuevas del poder popular autogestionario. Es decir, los sindicatos no serán los únicos administradores en la revolución libertaria. Desde luego, sigue funcionando el esquema de la federación de organismos gestores del poder popular, a niveles geográficos –naturales, no artificiales- y la respectiva confederación de libres asociaciones/federaciones de trabajadores libres como mecanismo de sustitución del Estado de la clase dominante.

 

De aquí que, al arribar a la España republicana y revolucionaria, Karl Korsch haya admitido que la obra de los anarquistas en la autogestión que pudo ver no era otra cosa que “el ideal de Marx”.

 

El anarcosindicalismo español funcionó –en el ámbito de los sectores maximalistas- como los “comunistas anarquistas” habían estimado desde los tiempos del viejo Bakunin. A decir verdad, la FAI era, a la vez, una organización de síntesis y una organización “plataformista”, como se dice ahora. Los sectores revolucionario respondían a la segunda; en tanto que los sectores minimalistas respondían a la primera. Pero como se trataba de un movimiento popular bastante implicado en el acontecer diario y en la dinámica revolucionaria de una sociedad de un imperio venido a menos desde 1898 –el español- no había tiempo para sutilezas teóricas.

 

Pocos fueron –pero los hubo- que vieron de manera clarividente los problemas de la revolución libertaria y los del anarquismo en aquella coyuntura histórica del primer antifascismo. Uno de esos fue Camilo Berneri. Estaba en Barcelona (Cataluña) y le pidió a los anarquistas españoles, en este caso a F. Montseny, que se prosiguiera la guerra social no sólo combatiendo en la península, en Aragón, sino llevando la guerra al África colonial española y francesa; en concreto al Marruecos español. Pensaba Berneri que la reconversión de la guerra española en guerra anti-imperialista hubiera significado la salvación de la revolución. Pero esto no era otra cosa que aplicar lo mismo que los bolcheviques habían hecho desde Rusia, no sólo en la Europa occidental sino en Asia.

 

Era bastante difícil alcanzar lo que Berneri proponía, entre otras razones porque el anarquismo español era –para ese momento- profundamente españolista. Berneri era un advenedizo en el medio libertario catalán; su influencia más allá del círculo de intelectuales anarquistas era prácticamente nula. Igualmente sucedía con otros militantes “extranjeros”: Santillán, Emma, Rüdiger, Nettlau, Souchy, Leval, etc.

 

Otra línea de investigación debería aproximarse a los aportes tenues que el tema ecológico tuvo en el movimiento anarquista español que fue, excepción mundial, el de mayor influencia en las masas obreras y campesinas. En efecto, el asunto consistía en que si desde la perspectiva sindicalista se construiría “otra sociedad” o se culminaría el proceso ecocida del capitalismo. Tanto el marxismo como el anarquismo, hasta la década de 1930, compartían la visión del progreso como el de una curva exponencial. Hoy sabemos que es imposible una civilización socialista y libertaria amparada en la racionalidad técnica del capitalismo o del “progreso”. Y, esta es la clave para trabajar en una concepción comunista ecológica, adelantada de manera escueta por Murray Bookchin y sus escritos alrededor de la ecología de la libertad.

 

En la Periferia –es decir, en el conjunto de poblaciones, estados, naciones, países que integran el Tercer Mundo- la lucha por la liberación nacional es también una lucha por la liberación social siempre y cuando el proletariado, mediante el poder popular, logre derrotar a la burguesía proimperialista –y a la local- y minimizar –o anular- a la burocracia que todo proceso revolucionario pone en escena. Los “comunistas anarquistas” de la Periferia, por tanto, tenemos problemas y soluciones que no se pueden avizorar ni meditar desde el eurocentrismo o desde la América del Norte. Es así que las tesis ideológicas y organizacionales de los camaradas de la FdCA tiene un límite: el establecido por la geografía, por la historia, por la existencia del imperialismo y por los problemas suscitados por el ecocidio que, en América Latina especialmente, se padecen desde hace 516 años.

 

América es otra cosa distinta a Europa y al Asia. Las zonas más europeizadas de América son, asimismo, islotes de una América ajena a sí misma. No así Asia. ¿Qué está europeizado en el Asia? ¿La India es europea? Australia –que no es Asia sino Oceanía- ha sido, desde la II Guerra Mundial- el vigilante anglosajón de Asia. Y, claro, los Estados Unidos que, dueño de Filipinas e Indonesia, ha impuesto en Asia su modo de vida. Pero, ¿es el Japón colonia yanqui, hoy? ¿Pudo la colonización gringa del Japón con la cultura milenaria de los nipones? ¿Y China?

 

En América la cosa es distinta. Puede ser que sus instituciones públicas sigan, en cierta forma, cartabones europeos, pero sus poblaciones son otra cosa. El asunto no se cancela negando estas –y otras- evidencias. Ellas están ahí y juegan en el marco de las luchas de clases, a pesar de que todo el legado –o la mayor parte de él- de la Emancipación Americana se basaba en Europa, o, mejor dicho, en lo que en Europa discutía el derecho divino de los reyes, que, ya sabemos, comenzó con la Revolución Francesa, de 1789, aunque algo podríamos avizorar con la Revolución Inglesa, de 1688.

 

Porque antes de la Revolución Francesa y, por tanto, mucho antes de la Emancipación Americana, la lucha de clases existía en América, incluso en la América precolombina. De las realidades de América –la Patria Grande- es de las que debemos extraer las lecciones que el anarquismo revolucionario americano debe divulgar y sobre las cuales deberá trabajar para que en estos parajes puedan eclosionar sociedades más justas y hombres más libres que los de Eurasia.

 

Hay un fatalismo geográfico e histórico, que se traduce hoy en relaciones de dominación, que no podemos obviar. Pero, a la vez, seguir los mismos pasos de una civilización –la euroasiática- que está acabando con la vida en la Tierra no parece propio de personas inteligentes.-

 

F.C.-
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Par Verde - Publié dans : Comunismo Anarquista
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Así, a medida que la ciencia avanza, Dios parece tener cada vez menos que hacer. Es un gran universo, desde luego, por lo que Él, Ella o Ello, podría estar ocupado provechosamente en muchos sitios. Pero lo que evidentemente ha ocurrido es que ante nuestros propios ojos ha ido apareciendo un Dios de los vacíos; es decir, lo que no somos capaces de explicar, se lo atribuimos a Dios. Después, pasado un tiempo, lo explicamos, y entonces deja de pertenecer al reino de Dios. Los teólogos lo dejan de lado y pasa a la lista de competencias de la ciencia.

 

Carl Sagan: “La diversidad de la ciencia” [2007]



 

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