Mercredi 6 février 2008
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En Venezuela se mantenía desde la década de los cincuenta, una ardorosa polémica sobre el libro de Salvador de Madariaga sobre Bolívar. Observaba que Sender le tenía
respeto y estima a Madariaga no tanto como escritor sino como político. Lo consideraba un sincero republicano y un hombre que amaba a la España profunda, a la España de Don Quijote, Quevedo,
Antonio Machado y Federico García Lorca. Para entonces yo no sabía que Madariaga era quien había sustituido a partid de 1952 al monárquico ultra-conservador Benedetto Croce en la Presidencia del
CLC. Sender me hablaba de libro de Madariaga sobre Bolívar, y debo confesar que comencé mi gran interés por leer la obra del Libertador a raíz de mis largas conversaciones con él, porque Sender
consideraba que el Bolívar era el hombre más noble y humano que había parido la América.
SENDER, QUIZÁ EN MÉXICO
Su interés por Bolívar era el mismo que por Cristo, dos seres horriblemente traicionados, fracasados al intentar salvar a sus semejantes. Jesús el Redentor estaba en todos sus libros, como el ser
más indefenso e ínfimo de la Tierra, y muchas de sus reflexiones sobre la impotencia de El Salvador las había recibido de Simone Weil quien dedicó un ensayo a las palabras: “Señor, por qué me has
abandonado”. A Bolívar lo definía totalmente para él todas las cartas de sus últimos días, la proclama final y su expresión: “He arado en el mar”.
A mí me parecía muy tendenciosa y manipuladora la manera como Madariaga analizó la vida y obra de nuestro Libertador, porque Madariaga no le perdonaba a Bolívar, sus juicios contra los españoles y
también contra los norteamericanos. La razón de esto lo vine a entender muchos años más tarde. Irremediable y desgraciadamente ningún español ha jamás entendido el tremendo drama de América Latina,
porque aunque lo nieguen sean comunistas o monárquicos siempre nos han visto con una carga monstruosas de prejuicios. Tanto a Sender como a Madariaga les costaba entender y aceptar nuestra cultura
indígena y se les salía el conquistador y se imaginaban que andaban a caballo con la adarga bajo el brazo cada vez que se les cruzaba un indio mejicano, boliviano o peruano.
Respetuosamente le planteé a don Ramón que el señor Madariaga en su obra se había documentando, para presentar como pruebas irrefutables de la vesánica ambición de Bolívar, lo que contra él
escribieron sus peores detractores como Ducoudray Holstein, José Domingo Díaz y Hippisley.
Hasta la gloria de habernos independizado de España pretende arrebatárnoslo Madariaga, cuando escribe: “Quisiera saber uno, si tal empresa hubiera sido posible, con esa carga tan dramática de lucha
y de creación política, de dolor, de tragedia y de lírica pasión soberana, sin Bolívar. Pasarán mil años, y España no conocerá entre sus políticos, entre sus estadistas, un hombre como Bolívar, y
por el contrario le sobrarán Godoys, Fernando VII, y doñas veleidosas como la reina María Luisa.”
Sabemos del papel nefasto que introdujeron los curas en la justificación de la dominación de los indígenas y en la introducción de los esclavos en este continente, pero Madariaga sostiene que la
Iglesia española aportó al Nuevo Mundo el principio de la libertad de los indios y el de la igualdad cristiana, cuando pasaron a cuchillo a millones de indefensos seres que poblaban estas tierras.
En el capítulo “El Hombre” de su libro “Bolívar”, se extiende sobremanera en este punto, dándole soporte a esa columna básica de la dominación de nuestros pueblos (junto con lo militar y la
oligarquía mercantilista): la religión católica, en un todo y perfecto acuerdo hoy con la CIA. Sabemos que casi todos los obispos de América Latina, desde Argentina, Uruguay, Paraguay, pasando por
Chile, Perú, Bolivia, Ecuador, Brasil, Colombia, todo el Caribe y Centroamérica, han trabajado codo a codo con el Departamento de Estado norteamericano para mantener en jaque y hundir, o ahogar en
sangre si es posible, cualquier gobierno que intente dirigir su destino soberanamente.
Es para sublevarse, conociendo la pavorosa falta de instrucción que padeció y padece nuestra América, que Madariaga diga: “La Iglesia fundó las más de las instituciones de enseñanza y de caridad
que pronto cubrieron todo el continente, y en general actuó siempre como la abogada del débil y del indefenso, sin prejuicio alguno de color”.
Cuando Bolívar ataca a los españoles con el verbo de sus clarividentes e inapelables sentencias, entonces Madariaga primero recula y luego se va sobre él y dice que lo deberían encerrar en un
manicomio. “Un continente –dice Bolívar- separado de la España por mares inmensos, más poblado y más rico que ella, sometido tres siglos a una dependencia degradante y tiránica... Tres siglos gimió
la América bajo esta tiranía, la más dura que ha afligido a la especie humana. El español feroz, vomitando sobre las costas de Colombia, para convertir la porción más bella de la naturaleza en un
vasto y odioso imperio de crueldad y rapiña... Señaló su entrada en el Nuevo Mundo con la muerte y la desolación: hizo desaparecer de la tierra su casta primitiva, y cuando su saña rabiosa no halló
más seres que destruir, se volvió contra los propios hijos que tenía en el suelo que había usurpado”.
Además de racista y pro-colonialista y por eso encajaba muy bien en el CLC, Salvador de Madariaga coincidía en todo con esa brutal manera como España quiso civilizarnos. La escritora Julia Elena
Rial[8] dice que “las masacres que hasta ayer azotaban a nuestro mundo latinoamericano, no sólo en el sentido de destrucción del hombre sino como delito social y transgresión de los derechos
humanos, hoy son causa de preocupación universal. La ortodoxia sobre ellas supone una doctrina básica dominante (colonialismo, positivismo, liberalismo, neoliberalismo, neocolonialismo) en los
momentos históricos durante los cuales se produjeron y donde, por lo general, prevalecían concepciones deterministas. Las masacres se realizan para no interrumpir el encadenamiento ascendente en el
cual se considera que la etapa histórica presente debe ser superior a la precedente, sin que nada la enturbie”. Y añade que sobre los fusilamientos en Cholula, Salvador de Madariaga los justificó
en su historia sobre Hernán Cortés, tomando una cita del historiador inglés Munro, a quien atribuye estas palabras: “La matanza de Cholula fue una necesidad militar para un hombre que guerreaba
como Cortés” (Madariaga. 1951, p. 290). Agrega la escritora Rial que el inglés le “sirve a Madariaga para apoyar su tesis colonialista y para referirnos el porqué de una masacre con un bi-discurso
que describe un Cortés pedante y altanero, que se sentía con derecho para atacar cualquier aldea desarmada, pero también era “valiente y legalista”. La distorsión que muestra el lenguaje y la
prepotencia histórica se entremezclan para desvirtuar los hechos. Es oportuno recordar aquí a José Carlos Mariátegui quien pensaba que sin sensibilidad política y clarividencia histórica no puede
haber profunda interpretación del espíritu literario[9]”.
Esa manera sin sensibilidad humana y política, le brota a Madariaga por los poros cuando escribe que los pueblos de las Indias amaban a Fernando VII, porque “la Corona de España había sostenido
tradicionalmente los derechos de los pueblos frente a los excesos de los encomenderos y en general de las clases altas criollas[10]”. Esta barbaridad no se la cree absolutamente nadie, que aún en
el 2005, en una encuesta que se hizo en Madrid, casi un 80% de españoles no sabe ni siquiera si América estuvo colonizada por España, mucho menos iban a saber nuestros pueblos de entonces que
provenía de la Corona española toda “aquella gracia y bienestar, seguridad y protección de sus derechos de los que ampliamente disfrutaban”. Cuando las querellas tardaban siglos en llegar a la
Península para que luego estos informes fuesen desechados y olvidados. Y otra vez Madariaga atribuye esta noble virtud realista a la benéfica influencia de la Iglesia, en particular de los
frailes.
Sender comenzó, a partir de los cincuenta a tener una gran admiración por los Estados Unidos, aunque consideraba que la tecnología era una mierda (“la hija que le salió puta a la ciencia”), y que
el capitalismo tarde o temprano nos conduciría al infierno, a una guerra total. Además de Bolívar, Sender conocía de Venezuela lo que había escrito Humboldt en “Viaje a las regiones equinocciales”,
algunos trabajos del escritor Rufino Blanco Bombona (quien había sido propuesto al Premio Nobel de Literatura), “Doña Bárbara” de Rómulo Gallegos y las dos maravillosas obras de Teresa de la Parra:
“Memorias de Mamá Blanca” y “Ifigenia.” Nunca se perdonó Sender, que encontrándose Teresa de la Parra muy enferma, a principios de 1936, en un hospital de Madrid, él no hubiese podido ir a
verla.
Pero al igual que Madariaga no le perdonaba a Rufino Blanco Bombona, por ejemplo, sus terribles juicios sobre los conquistadores y colonizadores españoles.
Como se había enrolado en el frente anticomunista que dirigían en el mundo personajes como Julián Gorkin y el mismo Madariaga, no soportaba la figura de Fidel Castro a quien llamaba la “Mujer
Barbuda del circo”. Y en la misma línea me contaba que él había conocido a muchos hijos de puta en su larga vida pero como a Neruda ninguno. A veces, cuando sonaba el intercomunicar de su
apartamento y nadie le respondía, estallaba: “Esos son los grandes hijos de la cerda comunistas que se cansan de fastidiarme.”
Cuando en ocasiones mencionábamos a Neruda, y estaba presente la señora Florence Hall, Sender me decía: “Pregúntale a ella quién era el poeta judeo-cristiano Neptalí Reyes”. La historia se la había
escuchado muchas veces: Neruda frecuentaba la sección de Literatura Hispanoamericana del Departamento de Estado y le solicita a la señora Hall que por favor le consiguiera una conferencia, un
recital “porque este poeta está pasando hambre. El poeta Neruda necesita una ayuda. Por favor, señora…” Esto me hacía recordar que mi hermano Adolfo (dirigente del partido comunista) quien admiraba
a Neruda, trató por diferentes medios de organizarle un recital en San Juan de Los Morros. En 1959, el poeta se alojaba en casa del escritor Miguel Otero Silva, y finalmente, luego de muchos
intentos mi hermano consiguió hablar con él, y Neruda le explicó: “Oiga joven, usted debe saber que el poeta Neruda cobra sus recitales en dólares. ¿Tienen ustedes con qué pagarme?”
Pero se ve que el odio de muchos republicanos contra Neruda le venía también por la campaña atroz que desde la revista Cuadernos difundía su director Joaquín Gorkin. “La campaña contra Neruda
llevada a cabo por el Congreso por la Libertad de la Cultura durante años, se acentuó en 1963, cuando el poeta apareció como un firme candidato al premio Nóbel. Dice Gorkin que Neruda “encubre y
justifica” los crímenes de Stalin y que se ha convertido en un “bonzo político o intelectual” a sueldo del Kremlin. También le echa cara la fortuna ligada al Premio Stalin, concedido por el
Kremlin, comparado con los tristes destinos de los escritores-víctimas, Essenin, Bloch y Mayakovski, y con los miles que han muerto en los campos de concentración de Rusia.
Gorkin encontró toda una cantera “crímenes” en Neruda como para atacarle a fuego cerrado por más de una década: habla del Neruda diplomático que en Francia, le buscó refugio en Chile sólo a los
españoles seleccionados por una comisión comunista, operación. “Si bien es cierto que Neruda fue exponente de un “stalinismo flagrante” y que escribió “lamentables” poemas dedicados a Stalin, y que
tampoco condenó la invasión de Hungría y sólo dijo que se equivocó respecto al estalinismo en 1971, también es cierto que son calumniosas las acusaciones de Gorkin al respecto del supuesto afán del
poeta de rescatar tan sólo a los comunistas en su acción de ayuda a los republicanos exiliados. A raíz de este artículo vemos que Gorkin miente, cuando atacado posteriormente en la América Latina
por Neruda, dirá que “él no ha provocado a Pablo Neruda”.[11]”
Sender conoció a Neruda en México. Me contaba que era muy fácil “poemizar” como lo hacía Neruda, e incluso me escribía unos versos allí en una servilleta donde tomábamos licor y me decía: “hay
tienes un verso nerudiano”. Sender se ahoga en el medio cultural mejicano (donde a los españoles le llamaban “gachupines”) y allí no tenía amigos: le perdió toda confianza a Luis Buñuel y a Max
Aub, porque seguían siendo según él, “pro-soviéticos”. Me decía que al mejicano le gusta que lo maltraten: “al gringo que les explota, que les humilla y que les ha arrancado más de la mitad del
territorio le admiran y le adulan; fíjate como importan artistas de otros países para hacer películas y telenovelas, porque les ofende y denigra ser indios… Ya hasta en las escuelas le prohíben a
los niños llevar vestimentas indígenas”, me decía.
Para Sender México tenía muy pocos auténticos escritores, a excepción de Alfonzo Reyes a quien consideraba más bien europeo. Para él, las tres grandes obras mejicanas eran, “La Serpiente emplumada”
de G. H. Lawrence, “Tirano Banderas” de don Ramón del Valle Inclán y su “Epitalamio de Prieto Trinidad”. México era un país que le deprimía, sobre todo cuando veía a los hijos de Pancho Villa y
Emiliano Zapata deambular por las calles de Los Ángeles o de San Diego, buscando un trabajito y llamando a los gringos con expresiones propias de esclavos: “no tiene algo patroncito en qué
servirle...” Un día que paseábamos por Balboa Park como uno perrito chihuahua le diera por ladrarle furiosamente y seguirle un largo tramo con mucho estruendo, me dijo: “Buenos chico, el hijo de
puta como que me ha identificado; se acuerda de todos los que se comieron mis antepasados.”
Sobre la figura del Presidente Lázaro Cárdenas, don Ramón tenía el peor concepto: “le pagaron un millón de dólares para permitir la eliminación de León Trostky”. Hay que tener en cuenta que Sender
conoció muy de cerca al legendario Trostky y en varias ocasiones lo visitó en “su fortaleza” de Coyoacan. Me decía Sender que viendo la cantidad de hombres armados que le protegían, le advirtió:
“Mire, tantos hombres protegiéndole lo que hará será llamar al crimen”.
Como Trostky era judío y tocando el tema de la diáspora, don Ramón me aseguraba que el problema de esta gente es que son los más parecidos a quienes trataron de exterminarlos: son lo que más
admiran (con devoción profunda) al nazismo de Hitler, y quienes tratan emularlo en todo.
En 1980, le pedí que fuera el padrino de mi hijo Winston quien entonces cumplía siente años. Con gusto accedió a mi petición aunque me dijo que no iría a la ceremonia en la iglesia. Me contaba que
los curas lo odiaban y que durante muchos años le estuvieron fastidiando terriblemente; que no soportaba verlos embutidos en esas sotanas, engañando a todo el mundo. Le parecía que esta gente
cultivaba la más indigna de las profesiones: asumir la tarea de seguir los mandamientos de Cristo cuando tienen toda la libertad del mundo para ser santos si realmente lo desearan.
Por aquellos días, quise abandonar las matemáticas e irme a España a llenarme de castellanismos; dedicarme exclusivamente a la literatura. Cuando se lo plantee, me detuvo: “No hombre; termina tu
carrera de matemáticas y deja la escritura como un lujo.”
Casi todas las tardes nos sentábamos a conversar en el balconcito que daba a la calle. Tomábamos whisky “Teacher”, y en la mesita disponíamos de una gran cantidad de frasquitos con pastillas de
vitamina que en ocasiones yo le acompañaba porque me decía: “tómate una que eso no te hace daño”. Sender comía muy poco; aquellos tragos los amortiguaba con unos palitos de harina de trigo que
nosotros en Venezuela llamamos “señoritas”; a medida que conversábamos él los mojaba en salsa de tomate ketchup. “Uno con esas pastillitas –me decía- puede llegar a vivir cien años”.
Su ex esposa Florence Hall lo visitaba casi todas las tardes para tratar de mitigar un poco aquella gran soledad. A veces ella se la recrudecía. Sobre todo le producía algún descanso hablar español
con ella. Sender llevaba en sus nervios, en lo más profundo de sí a España, y cuando hablábamos de un posible regreso a su querida tierra me contestaba con nostalgia: “Ya ahí no queda casi nadie de
mi generación.”, y prefería evitar el tema. Todo eso lo dejaba para su imaginación y sus libros maravillosos como “Segundo solanar y lucernario”.
Sender entonces vivía en San Diego (Edificio Andorra, 3520, Third Avenue, Apartment 209) luego de haberse jubilado como profesor de la UCLA en Los Ángeles). Doña Florence nos acompañaba en los
traguitos y cuando comenzaba a oscurecer se iba muy “encendida” para su casa que quedaba a unas dos cuadras. En ocasiones yo acompañaba a Sender hasta la casa de la señora Hall, y allí tomábamos
una sopita. Para llegar a su casa pasábamos por unos frondosos jardines donde abundaban los grillos, y cuando hacían harto ruido me decía: “acuérdate de mí, mañana va a llover.”
La señora Florence estaba ya un poco alcoholizada, pero era una mujer extraordinariamente fuerte y me decía don Ramón con cierta resignación: “Chico, ella nos va a sobrevivir a todos”; dominaba
doña Hall a la perfección unos cinco idiomas. Sender me decía que se conocía toda la literatura española y latinoamericana mejor que cualquier profesor de literatura de las mejores universidades
pero que era incapaz de redactar algo que valiera la pena.
Un día de noviembre de 1981, en una de mis visitas regulares, encontré su apartamento medio vacío. Se estaba despidiendo don Ramón. Me regaló tres cuadros (parte de una exposición que había hecho
en Madrid) y toda la colección de los Premios Planeta. Por cierto él no creía en premios literarios y todos los que han seguido su vida saben lo que contó de Planeta: que fueron a su casa de San
Diego para ofrecerle el premio (de 1969), con la novela “En la vida de Ignacio Morel”. A mí me pareció una maravillosa obra, extraordinariamente lograda, pero él la miraba con desden desde que se
la premiaron. Le pregunté por qué entonces había aceptado el premio, y me dijo: “bueno, porque me ofrecieron que tirarían una gran edición, y tú sabes que después de todo al escritor lo que le
interesa es que lo lean.”
“La niña y la gata” – Colección de Sant Roz
[1] Editorial Debate, Madrid, 2001.
[2] Conferencia en La Habana, febrero de 2003, traducción de Dense Ocampo.
[3] Ut supra.
[4] Julián Gorkin, “El congreso por la Libertad de la Cultura en Hispanoamérica”, III (septiembre-noviembre de 1953), p. 97.
[5] Citado en Trabajo de Investigación de Olga Glondys: Reivindicación de la Independencia Intelectual en la primera época de Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura: I (marzo-mayo de
1953) - XXVII (noviembre-diciembre de 1957). Director: Dr. Manuel Aznar Soler. Departamento de Filología Española. Universidad Autónoma de Barcelona, 2007.)
[6] Ut supra.
[7] Ut supra.
[8] En su página www.hispanista.com.br/revista/artigo67.
[9] Ut supra.
[10] “Bolívar”, Salvador de Madariaga, Editorial, Cutura, Santo Domingo, 1979, pág. 230.
[11] Trabajo de Investigación de Olga Glondys: Reivindicación de la Independencia Intelectual en la primera época de Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura: I (marzo-mayo de 1953) -
XXVII (noviembre-diciembre de 1957). Director: Dr. Manuel Aznar Soler. Departamento de Filología Española. Universidad Autónoma de Barcelona, 2007.)

Ramón J. Sender, novelista ácrata, militó en la CNT. Fue
colaborador habitual de la revista que, en México y en el exilio, editaba el millonario anarquista Fidel Miro: "Comunidad Ibérica". Miró fue acusado de ser agente de la CIA por Federica Montseny.
Ésta también dirigió el mismo dardo a los anarquistas cubanos residentes en Miami. La Montseny era el ícono de los exiliados anarquistas españoles de la tendencia comunista anarquista. Había sido
ministra en la España republicana durante la guerra civil.-