Samedi 8 septembre 2007 6 08 /09 /Sep /2007 03:21
En occidente el movimiento demo stalin-chico.jpg crático se inició con los griegos, y, luego del paréntesis de la cosmovisión teológica cristiana en la alta edad media europea, se prolongó en el Renacimiento con el humanismo y en el siglo XVIII con la Ilustración, para finalmente radicalizarse con el movimiento obrero y con el socialismo.

      Concretamente el proyecto histórico de creación de una sociedad libre de toda opresión y explotación nació con la llamada Gran Revolución (1.789-1.794). Ahora bien, contrariamente a la historiografía liberal, la Revolución francesa no fue solamente burguesa, sino que, de manera simultánea y contradictoria representó –así fuese en forma germinal- la primera revolución socialista de la historia. (1) Esta revolución socialista dentro de la revolución burguesa tuvo como motor el incipiente proletariado de París y de otras ciudades francesas, el cual se organizó, en especial en el año 1793, en comunas autónomas –Consejos- que se federaron libremente y que eligieron delegados responsables y revocables como miembros del Consejo General de la Comuna. Así pues, se creó nuevamente la democracia directa griega, pero esta vez sin ningún tipo de discriminación, pues contrariamente a la antigua, la democracia directa moderna intentaría instaurar la igualdad universal. La Gran Revolución abrió las puertas de la historia contemporánea no sólo porque instauró una sociedad plenamente burguesa, destruyendo los restos del absolutismo y del antiguo régimen de privilegios, sino porque también inauguró la lucha de los trabajadores contra el naciente capitalismo industrial y su Estado burgués. Ante la declaración formal de la “igualdad de todos los ciudadanos ante la ley”, la vanguardia radical del proletariado parisino -los llamados “rabiosos”- exigió “la igualdad de hecho”, la cual en 1.797 el tardío y abortado Movimiento de los Iguales -Babeuf, Buonarroti, Marechal- entendería como igualdad económica, posible únicamente -según ellos- mediante la abolición de la propiedad privada. Abolición con la que se completaría efectivamente la aspiración original de la Revolución francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad.

     Con el desarrollo del capitalismo industrial crecería en número y en conciencia el proletariado, y, como moderna clase explotada, continuaría su lucha cada vez más radical contra las instituciones del capitalismo. A su vez surgiría el pensamiento socialista como reflexión sobre las causas de los males de la sociedad y en especial sobre las razones del relativo o absoluto fracaso de la Gran Revolución. Luego de los primeros intentos de respuesta sobre estos males y sobre este fracaso -Owen, Fourier y Saint Simon- el sector más conciente y radical del movimiento obrero y del pensamiento socialista, a  mediados del siglo XIX se dividió en dos: marxistas y libertarios. Los primeros, continuadores de la tradición roussoniana -que veía en la propiedad privada la raíz de la desigualdad- y que considerarían al aparato de Estado como mero instrumento de consolidación de un dominio de raíz económica, propugnarían –según El Manifiesto del Partido comunista- la abolición de la propiedad privada y la conquista del  poder político. Los segundos, que verán al Estado no sólo como institución que sostiene y consolida los privilegios económicos -y por ende sociales- sino también como institución a su vez capaz de originar privilegios, no creerán en ninguna extinción del Estado ni en ninguna dictadura provisional revolucionaria y sostendrán por tanto la necesidad de abolir conjuntamente tanto la propiedad privada como el poder político -de dicho Estado entendido como aparato de dirección separado de la sociedad-. (2) En la Primera Internacional, los seguidores de Bakunin (mayoritariamente trabajadores oriundos de países latinos) opondrían al centralismo y a la idea de conquista del poder político de los seguidores de Marx el federalismo social y la idea de la abolición del poder político.

    Los pensadores de las dos corrientes socialistas más importantes, marxistas como libertarios, entendieron que la Revolución francesa sólo fue el preámbulo de otra revolución por venir mucho más importante y grandiosa: una revolución socialista que acabaría definitivamente con toda opresión. Inspirados en estas ideas, se desarrollaron en Europa varios acontecimientos revolucionarios que intentaron destruir el orden burgués, pero lamentablemente fracasaron: en 1.848 en varias ciudades del viejo continente y, muy especialmente en 1.871 con la Gran Comuna de París: intento de constituir el autogobierno de los trabajadores tomando como modelo la democracia directa de 1793, pero que fue aplastado sangrientamente por las fuerzas de la reacción burguesa.

    En el siglo XX suceden otros acontecimientos revolucionarios que llenan de esperanza a las mayorías trabajadoras y oprimidas de todos los países del mundo: la Revolución mexicana de 1.910 -con su exigencia de Tierra y Libertad-, la Revolución rusa, la revoluciones en Alemania, en Hungría y en Italia en 1.919 y 1.920, en las cuales los trabajadores se organizaron en Consejos, tomaron las fábricas y reivindicaron el autogobierno. En 1936 en España -en Cataluña y en Aragón especialmente- esas esperanzas renacerían nuevamente cuando los trabajadores industriales y agrarios, afiliados al sindicalismo revolucionario, colectivizaron la producción e implantaron el autogobierno. (3) Sin embargo, en el siglo XX será solamente la revolución rusa la que derrotará a la reacción feudal y burguesa. Pero lamentablemente, tal como sucedió con la Revolución francesa, las esperanzas de liberación e igualación social se verían frustradas una vez más, pues luego de la derrota del antiguo orden político y social ascendió al poder, sustituyendo transitoriamente a la burguesía en el pasado siglo, una nueva clase dominante y explotadora que instauraría la variante más totalitaria del capitalismo. Variante bajo la cual los instrumentos de producción estarían “nacionalizados”, es decir, poseídos colectiva y no individualmente por esa nueva oligarquía, que se llamaría equívocamente  “comunista”.

    Ahora bien, de lo que se trata ahora es de examinar –como escribiese el filósofo griego Castoriadis- por qué una revolución, como la rusa de 1.917, que parecía apuntar hacia el socialismo -como lo prueba el hecho de que los trabajadores instauraron una democracia de Consejos y empezaron a expropiar a los capitalistas y a los terratenientes- se apartó gradualmente de ese objetivo y produjo en última instancia un resultado absolutamente contrario. Se trata, en este caso –como apunta este pensador- no simplemente de describir la evolución que llevó a la consolidación de un nuevo estrato social incontrolado e inamovible, sino de encontrar fundamentalmente las condiciones que permitieron,  primero que se formara ese estrato, y luego que se hiciera con el poder total. (4)

    Asimismo el historiador libertario de la revolución rusa Volin, niega que toda revolución social desemboque fatalmente en la instauración de un régimen dictatorial y en la reconstrucción de un aparato de Estado opresor. Volin, también testigo y actor de la revolución, intenta también explicar su degeneración para extraer para el futuro valiosas enseñanzas:

“Un problema fundamental nos han legado las revoluciones precedentes, principalmente las de 1789 y 1917. Erigidas por una gran mayoría contra la opresión, animadas por un soplo poderoso de libertad como su objetivo esencial, ¿por qué se hundieron en una nueva dictadura ejercida por otras clases dominantes y privilegiadas, en una nueva esclavitud de las masas populares? ¿Cuáles serían las condiciones que permitirían a una revolución evitar este triste fin? ¿Se debería éste a factores pasajeros o más simplemente a errores y faltas que podrían ser evitados de ahora en adelante? Y en este último caso, ¿cuáles serían los medios para eliminar el peligro que amenaza a las revoluciones del porvenir?” (5)

    

     La presentación del antiguo régimen “soviético” como “socialista” o como Estado “obrero” fue uno de los engaños más grandes de la historia, pues  contrariamente al mito creído en occidente y propagado tanto por los partidos stalinistas como por la oligarquía liberal capitalista, lejos de haber sido socialista el régimen de la URSS -y de los países del este, China, etc- fue uno bajo el cual la sociedad se encontraba dividida asimétrica y antagónicamente -en clases sociales- y sometida al dominio de un grupo social particular -que podemos llamar oligarquía colectivista o totalitaria-, cuyo núcleo o alma activa fue la burocracia política del partido único mal llamado “comunista”. División de la sociedad atestiguada por luchas explícitas -huelgas y manifestaciones-, implícitas -resistencia contra la explotación en el trabajo, sabotaje contra la producción y apatía general de la población- así como la existencia de una muy desigual distribución del ingreso.

    Lejos pues de haber sido socialista, la antigua URSS fue un régimen bajo el cual se instauró un sistema de explotación y de opresión de modalidad distinta al del capitalismo liberal tradicional, y en donde los trabajadores siguieron siendo asalariados pero esta vez de un único patrón: de un “Estado obrero”. Pero tal como escribiera Castoriadis, (6) limitados al papel de simples ejecutantes tanto en la producción como en la vida social en general, los trabajadores en manera alguna disponían de los medios de producción ni de los medios de decisión, y era por el contrario esta nueva oligarquía -los altos jerarcas del Partido Único, dirigentes del Estado, del ejército y de la economía- la que dominaba en todo momento en el proceso de producción, disponiendo del trabajo de los productores así como del fruto de ese trabajo -decidiendo soberanamente la repartición del producto social entre salarios obreros, ingreso burocrático e inversión-. Pero –como advirtiese el filósofo griego- (7) un análisis sobre las relaciones de producción en la URSS, de corte marxista, sería parcialmente correcto pero insuficiente, ya que si se considera a la producción como parte integral de la totalidad social -y no de manera aislada y abstracta-, se podría constatar –según él- que en esos países los trabajadores estuvieron sometidos a un control absoluto, a un régimen de expropiación no sólo material, sino también mental, bajo el dominio totalitario del Partido y del Estado: libretas de trabajo y pasaportes internos, control policial permanente, “sindicatos” que eran meros apéndices del Partido, exposición a las denuncias de los soplones, hostigamiento por la propaganda oficial mentirosa, etc. Pero tras la implosión de la antigua URSS -producto de la apatía de la población explotada- podemos también constatar que el capitalismo occidental tradicional, con la ofensiva neoliberal, pretende a su vez someter a los trabajadores bajo un control cada vez más totalitario y trata de acabar con las conquistas centenarias de la clase trabajadora por sus derechos cívicos, políticos y económicos, productos de su resistencia y de su lucha contra el capitalismo. Por todo ello -y ya que considero al capitalismo en general, en tanto dominación del capital sobre el trabajo, como un régimen de naturaleza potencialmente totalitaria que nada tiene que ver con la democracia-, y en contraposición a su versión occidental “liberal” -en donde ese capital se encuentra fragmentado y en donde los derechos cívicos y políticos, si bien tienen un carácter abstracto, no son vacíos, considero que el régimen de la desaparecida URSS fue la versión totalitaria y burocrática del capitalismo. Capitalismo totalitario que -como advirtiese Castoriadis- (8) tanto los stalinistas como los burgueses ocultaban, pues para aquellos se trataba de enseñar las supuestas bondades de su “socialismo”, y para éstos se trataba de mostrar “la naturaleza monstruosa del socialismo”. Obviamente esta gran mentira acerca de la verdadera naturaleza del mal llamado socialismo real creó una confusión desastrosa que en gran medida frenó el impulso revolucionario al tomar vías burocráticas y autoritarias que, lejos de llevar a la auténtica liberación social, llevaban o pretendían llevar a un capitalismo totalitario disfrazado de “socialismo”.

    En este sentido debe ser criticada la tesis de Trotski  -expuesta en su libro La revolución traicionada- del “Estado obrero degenerado”:  Estado –según él- producto de una revolución proletaria a la que se le usurparon políticamente “sus logros económicos” -la “nacionalización” y la planificación-. Clásica respuesta que provocó que muchos siguieran defendiendo a la URSS a pesar del reconocimiento de los horrores del stalinismo. Tesis errónea que en el siglo XX también confundió al creerse ingenuamente que el socialismo es nada más que ausencia de propiedad privada individual, de mercado y de la burguesía, y de que el logro de la “nacionalización” y de la planificación le pueden otorgar automáticamente un carácter socialista a una revolución. Pero la ausencia de propiedad burguesa, lejos de significar ausencia de explotación, puede significar más bien explotación a través de la cobertura jurídica de la “nacionalización”, ocultándose el hecho de que se estaría dando a la clase dominante de esa abstracción llamada “nación”, y de que la propiedad privada estaría monopolizada colectivamente por una clase dominante. Asimismo la ausencia de economía de mercado en la URSS significaba más bien que la nueva oligarquía “comunista” explotaba de forma planificada al proletariado. Tal ausencia puede significar entonces la planificación burocrática de la explotación.

    No era posible que existiesen bases socialistas en la economía cuando en la URSS el Estado estaba dominado por una burocracia, y tampoco que existiesen unas relaciones de producción realmente socialistas si se ha demostrado que había desigualdad en la distribución de la riqueza social, porque quien domina en la distribución se debe a que domina también en la producción. (9) Por tanto, en mi opinión Trotski confundió las relaciones jurídicas de propiedad con las relaciones reales de producción. Se puede afirmar, por tanto, que si el Estado fue burocrático y la distribución desigual las relaciones de producción no pudieron ser socialistas en la antigua URSS.

    Se sabe asimismo que las causas de la burocratización de la revolución rusa no fueron ni el aislamiento ni el atraso, pues tales factores existieron también en la Revolución española de 1.936 y sin embargo los trabajadores en un país aún más atrasado y aislado pudieron, organizados bajo los principios libertarios del sindicalismo revolucionario, (10) colectivizar la producción e instaurar el autogobierno. (11) Además, tales factores por sí mismos no explican nada, pues no se responde a la cuestión de por qué en Rusia no triunfó más bien la reacción burguesa. Se sabe también que toda revolución social necesariamente comienza aislada y además en un país “atrasado”, pues el capitalismo, a la par que desarrolla o pretende desarrollar la producción desarrolla también las necesidades -no existiendo por tanto una medida absoluta de éstas-. Por consiguiente, la única garantía posible contra la burocratización consiste –como señalara Castoriadis- (12) en la existencia de una clase trabajadora capaz de elevarse a una conciencia socialista y de actuar y organizarse en consecuencia. (13) La tesis del “Estado obrero degenerado” trata en verdad de ocultar el papel de la naturaleza autoritaria y burocrática del partido bolchevique y del mismo Trotski, pues él después de la toma del Palacio de Invierno impuso una disciplina de hierro en las fábricas, creó un ejército altamente militarizado, aniquiló la experiencia revolucionaria y la guerrilla libertaria en Ucrania y aplastó a sangre y fuego el levantamiento del Soviet de Cronstadt, cuyos miembros pedían “todo el poder para los soviets y no para el partido”. Intolerancia y fanatismo que son el resultado del sustitucionismo bolchevique, pues para Trotski: “la dictadura de los soviets no ha sido posible más que gracias a la dictadura del Partido”. (14)

    lenin.jpg Asimismo para el libertario Volin, hablar de “traición” de la revolución como lo hace Trotski, resulta una explicación completamente insuficiente:

“¿Cómo pudo ser posible esa traición tras una victoria revolucionaria tan hermosa como completa? Esta es la verdadera pregunta (...). Lo que Trotsky llama traición es, en realidad, el efecto inevitable de una lenta degeneración debida a métodos falsos (...). La degeneración de la Revolución (...) fue la que trajo a Stalin y no fue Stalin el que hizo degenerar la Revolución. ¿Acaso Trotsky no hubiera podido ‘explicar’ el verdadero drama, puesto que él mismo junto con Lenin había contribuido a desarmar a las masas?” (15)

  

    Lo que determinó la burocratización de esa revolución no fue el atraso y el aislamiento sino más bien factores políticos e “ideológicos”, pues los trabajadores en 1.917 asumieron esta revolución –como escribiese Castoriadis- (16) de manera contradictoria y no completamente socialista, ya que por un lado se organizaron en soviets y empezaron a expropiar las fábricas a los capitalistas -incluso en contra del deseo inicial de los bolcheviques-, a autogestionar la producción y a destruir el aparato de Estado. Por otro lado, en cambio, confiaron en el partido bolchevique, pues delegaron la dirección de la revolución social en manos de un partido estructurado verticalmente e integrado por militantes convencidos de poseer “la verdad revolucionaria”. Este, luego del asalto del Palacio de Invierno conquistó el poder e identificó, siguiendo su idiosincrasia sustitucionista, el autogobierno de los soviets con su propio gobierno, de manera que su consigna “todo el poder para los soviets” se podía traducir como: todo el poder para el partido bolchevique. De esta forma, coexistió un doble poder antes y después del 7 de Noviembre entre, por un lado, los gobiernos provisionales burgueses y los soviets, y por el otro, entre éstos y la dictadura bolchevique. Posteriormente los soviets fueron convirtiéndose en simples órganos de administración local, atrofiándose cada vez más su limitadísima autonomía hasta convertirse en apéndices del nuevo poder; hasta tal punto, que su oposición a éste prácticamente ya no tendría forma de expresarse organizadamente. Ahora bien, ¿por qué primero esa oposición entre el partido y la clase, y luego esa atrofia de los soviets?

    Ese sustitucionismo -en el cual el partido sustituye a la clase- proviene de la misma esencia y práctica del partido bolchevique, pues según la tesis expuesta en el ¿Qué hacer? -que Lenin abandonó en la teoría pero realmente no en la práctica, a pesar de El Estado y la revolución- sólo el Partido puede poseer una conciencia revolucionaria, y éste la introduce desde fuera en las masas trabajadoras, ya que éstas por sí mismas no pueden nunca superar las posiciones meramente reivindicativas o “trade-unionistas”. (17) Así pues -según escribiera Castoriadis- (18) formado como un rígido aparato de cuadros bajo la clandestinidad zarista, seleccionando a una vanguardia de intelectuales y de obreros, e imbuido de la creencia de que existe una verdad y una ciencia revolucionaria que solamente el partido posee, sus militantes habían sido acostumbrados por éste no sólo a una estricta disciplina, sino sobre todo a ese sentimiento fanático de que el partido, por encima de todo y de todos, siempre tiene razón. Para éste, por tanto, la revolución debe ser dirigida desde arriba, y todos aquellos que se opongan a su voluntad aniquilados como “contrarrevolucionarios” que pretenden violentar las “leyes” de la historia. 

    Obviamente, si en Rusia no triunfó la reacción burguesa fue por el deseo de los trabajadores, organizados en unos soviets inicialmente autónomos, de construir una sociedad distinta, de acabar no sólo con las instituciones absolutistas, sino con el régimen asalariado y con las relaciones de producción capitalistas. Pero el gobierno bolchevique pudo controlar el poder gracias a cierto grado de confianza inicial de los trabajadores con el partido -que duró hasta 1.919-. Confianza -como advirtiese Volin- (19) que se debió en parte, al vivir bajo un régimen absolutista, a la inexperiencia política de la mayoría de los trabajadores rusos, los cuales aún ingenuamente creerían que una revolución social pudiera hacerse desde arriba tomando el poder político. Pero sobre todo a la demagogia de Lenin, el cual -para ganarse su apoyo y confianza- refrendaba retóricamente antes de la toma del poder cada paso dado por la clase trabajadora. Esta confianza inicial significa que la clase trabajadora rusa no tuvo una conciencia completamente socialista y una idea muy clara sobre su propia autonomía, sobre su propia capacidad para dirigir la revolución, destruir las instituciones capitalistas e instaurar su propio autogobierno.

   Así pues en esta revolución se desarrollaría una situación engañosa, pues bajo la consigna “todo el poder para los soviets”, en realidad fue el partido bolchevique el que tomó el poder. A partir de 1.918 el partido lo ejercería hasta en sus niveles más inferiores -y sólo a través de éste se  llegaría a puestos de mando-. Tal situación conduciría a que los miembros del partido, conscientes de ser incontrolados, empezasen a realizar el “socialismo” para sí mismos, o sea, a resolver sus propios problemas otorgándose privilegios. Este ejercicio del poder, desde luego, iba a la par de la atrofia y definitivo aniquilamiento de la autonomía de los soviets, que condujo a la ineficacia de la posterior oposición radical a la dictadura bolchevique. En efecto, ya sin organización autónoma los trabajadores, que con sus huelgas en Petrogrado en 1.920 y con el levantamiento del Soviet en Cronstadt  en 1.921 manifestaron no sólo su descontento, sino también su oposición a la nueva situación, pudieron ser brutalmente aplastados. La nueva dictadura, pues, logró reprimir eficazmente a todas las organizaciones que se le opusieron, especialmente las revolucionarias (socialistas revolucionarios de izquierda, anarquistas, etc.). Finalmente, para poder desalojar del poder al partido, destruir al nuevo aparato de Estado y restaurar la autonomía de los soviets hubiese hecho falta ni más ni menos lo que reclamaban Cronstadt y los trabajadores rusos: otra revolución.

    El fracaso de los trabajadores en construir una sociedad auténticamente socialista se debió, en parte, a una inexperiencia política que les llevó a actuar con una relativa heteronomía, pero sobre todo al papel de la ideología bolchevique, pues oponiéndose el partido desde siempre al autogobierno de los trabajadores -e inicialmente incluso a la expropiación a los capitalistas-, quiso instaurar un aparato propio de dirección. La formación de la categoría empresarial de la futura clase explotadora, que se nuclearía en torno a un partido único ya políticamente dominante, fue favorecida por una política económica bolchevique que consistió en formar una capa separada de dirigentes de la producción responsables únicamente ante el poder central. Este fracaso de los trabajadores en apoderarse de la gestión de la producción, junto con esta política e ideología del partido gobernante, restablecería en Rusia lo esencial de todo régimen de dominación y explotación: la división fija y permanente entre dirigentes y ejecutantes.       

   Efectivamente, en Las Tesis de Abril, Lenin no le daría al partido un programa concreto, pues más allá de la consigna política “todo el poder para los soviets”, no se consigue en esa obra un verdadero programa económico socialista. Lo que propone más bien en su La catástrofe que nos amenaza, es un capitalismo de Estado semejante a la Alemania de la época, junto con el poder soviético. Cree que Rusia no esta madura aún para introducir el socialismo y considera que los capitalistas pueden seguir dirigiendo la producción, aunque “sometidos al control obrero”. Así pues, atribuyendo una supuesta incapacidad de los trabajadores para gestionar la producción, Lenin propone en El izquierdismo la enfermedad infantil del comunismo, que éstos se limiten a “controlar” a los técnicos y especialistas burgueses mediante lo que él llamaba el “poder soviético”. Pero creo que hablar de “control obrero” significa que en los hechos los trabajadores no ejercerían la dirección en la producción; y entonces ¿quiénes?: una capa separada de dirigentes, que convertirían a los trabajadores en una masa de ejecutantes. ¿Bajo cuál control?: conocido el carácter sustitucionista del bolchevismo es válido suponer que ese “control” sería ejercido por “los representantes reconocidos de la clase obrera”; o sea, a fin de cuentas, por el partido realmente en el poder. Así pues, dada su ambigüedad sobre el “control obrero”, y dominado por una lógica profundamente capitalista, Lenin creó una burocracia empresarial que asumió una dirección separada en la producción, bajo el control no de los trabajadores sino de la burocracia política que ya dominaba al nuevo aparato de Estado. 

     Lejos de ejercerse control alguno sobre ellos, en Rusia los nuevos dirigentes empresariales fueron nombrados desde la cúspide del nuevo aparato “por los representantes esclarecidos de la clase obrera”, o sea por el partido en el poder, y gracias a éste podrían  consolidar definitivamente su dominio en la producción. Poder del partido, pues, que sirvió eficazmente para que se instituyeran unas nuevas relaciones de producción con contenido de clase  -bajo la forma de la propiedad “nacionalizada”-. Vemos entonces que en Rusia estas nuevas relaciones de explotación burocráticas se originaron por la instauración de una división fija y permanente entre dirigentes y ejecutantes, o sea, por la monopolización, por parte de la nueva oligarquía colectivista, de la propiedad sobre los medios de decisión y de información. (20)

    En este momento resulta válido preguntarse: ¿cómo pueden existir unas relaciones económicas esencialmente capitalistas junto con un Estado que pretende expresar el poder de los trabajadores? Esta aparente contradicción se aclara constatando -con el levantamiento del Soviet de Cronstadt y las huelgas en Petrogrado- que en vez de una “dictadura del proletariado” se instauró desde el primer día la dictadura de un partido, y que ese Estado realmente expresaba el poder de una nueva clase -que Bakunin había anticipado proféticamente y que llamaría “la mentira más vil y deleznable del siglo, la burocracia roja”-, oligarquía colectivista que daría vida a un capitalismo burocrático total y totalitario. En definitiva, los bolcheviques no le dieron nunca un contenido socialista concreto al lema “todo el poder para los soviets”: más bien lo utilizaron demagógicamente con la finalidad de tomar el poder.  

    bakunin0.jpg Con el nacimiento de la nueva oligarquía se puede constatar que ocurrieron tres fenómenos inseparables. En primer lugar, que los trabajadores nunca alcanzaron completamente una conciencia socialista o de autonomía. En segundo lugar, la sustitución de la clase trabajadora por el partido y la enajenación del poder de los soviets. Finalmente, la formación gracias a la imaginería capitalista impuesta por Lenin -jerarquía, taylorismo, etc- de una burocracia empresarial que empezó a ejercer su dominio en la producción, burocracia incontrolada, inamovible y protegida desde arriba por la cumbre del aparato. Así pues, los distintos poderes: la burocracia política, la económica, la cultural y la militar muy pronto en Rusia se complementaron e identificaron, consolidándose de esta manera bajo Stalin una nueva clase inamovible que dominaría todos los aspectos de la vida social. Proceso que, como afirma Castoriadis: “...pudo acelerarse y ampliarse con la entrada en el partido de elementos ajenos al proletariado, que corrían a ponerse del lado victorioso; pero ésta sería una consecuencia y no una causa de la orientación del partido.” (21)

    El partido bolchevique en el poder se convirtió muy rápidamente en “núcleo de cristalización” tanto de los nuevos dirigentes de la economía como de todos aquellos que, bajo el nuevo estado de cosas, aspiraban a obtener poder y privilegios. Pero con la entrada de estos nuevos elementos, totalmente ajenos al proletariado, el partido bolchevique sufre -como bien advirtiera Edgar Morin- (22) una transformación: el aparato del partido, que en tiempos de Lenin estaba subordinado al Buró político, se desarrolla enormemente y absorbe al partido mismo. Bajo Stalin este aparato, efectivamente, primero controla, y luego elimina a la antigua jefatura política del Partido; y, a partir de ese momento, será solamente el aparato el que producirá “las nuevas cabezas políticas”. De esta forma el nuevo Leviatán, a la muerte de Lenin, finalmente devorará -con los famosos procesos de Moscú- a sus originarios creadores: los viejos dirigentes bolcheviques.  Así pues, como afirmaba Volin, Stalin no es la causa de la degeneración de la revolución rusa, sino que Stalin fue más bien la consecuencia de dicha degeneración.

   La tesis expuesta por Lenin en su ¿Qué hacer?, y ejercida siempre en su práctica política, según la cual sólo el partido puede poseer una conciencia socialista, en verdad no es original de él, sino de Karl Kautski, inmediato líder teórico del marxismo a la muerte de los dos fundadores. Según tal tesis -que en verdad es idealista- el socialismo no es sino el producto de la cultura científica y filosófica burguesa que los intelectuales introducen en el proletariado desde fuera: “La conciencia socialista es un elemento importado desde afuera en la lucha de clases del proletariado, y no algo que surge espontáneamente de él.” (23) Pero la novedad introducida por Lenin consistió en agregar a la doctrina kautskiana los elementos de fanatismo y de intolerancia de los que careció el movimiento socialdemócrata, influenciado éste por el ambiente liberal del occidente europeo.

    La conciencia socialista no se origina en una supuesta ciencia o teoría meramente especulativa, sino en la experiencia de los trabajadores en su lucha contra las relaciones de producción capitalistas y, en general, como afirma  Castoriadis, contra las instituciones y las significaciones imaginarias establecidas:

“Si el socialismo es la gestión colectiva de la producción y de la vida social por los trabajadores, y si esa idea no es un sueño de filósofo, sino un proyecto histórico, debe poder encontrar su propia raíz en la realidad existente –como deseo y capacidad de los hombres de dar vida a ese proyecto. No sólo es absurdo pretender, como Kautski y Lenin, que la ‘conciencia socialista debe ser introducida en el proletariado desde fuera’; es además necesario que los gérmenes de esa conciencia se constituyan ya en el proletariado, y como el proletariado no es una nueva especie, eso sólo puede ser el resultado de su experiencia del trabajo y de la vida en la sociedad capitalista” (24)

 

    Experiencia por tanto que debe ser total, en el sentido de permitir que los trabajadores sean capaces no solamente de dirigir la fábrica y la economía: ...“sino de crear nuevas formas de vida en todos los terrenos”. (25) Capacidad –agrego yo- que efectivamente se manifestó en la Revolución social española de 1.936 y también en la Revolución húngara contra la burocracia “comunista” en 1.956.

    Así pues, en 1.917 se impuso -hasta la caída del muro- el bolchevismo, entendido éste como aquella rama mutante de la socialdemocracia a través de la cual no sólo se intentó introducir en el movimiento obrero y socialista las representaciones o la “imaginería del capitalismo”, sino también el espíritu más antiguo del fetichismo de la organización, del fanatismo y de la guerra de religión. En efecto, la penetración en el movimiento obrero, a fines del siglo XIX, de la noción de ortodoxia y de la idea de jerarquía contribuiría a la constitución de organizaciones muy diferentes de las anteriores organizaciones obreras: los Partidos-Iglesia “socialistas”, conformados por militantes adoctrinados que creen en la organización y en la teoría, y en unos jefes que la poseen e interpretan. Ahora bien, el bolchevismo es indudablemente una rama mutante de una socialdemocracia marxista que se presenta no como una filosofía, sino como una ciencia, ciencia que demostraría la ineluctabilidad del derrumbe del capitalismo y del advenimiento del socialismo. Asimismo la predicción según la cual el Partido-Iglesia socialista se convertiría de pretendido instrumento de realización del socialismo en auténtico instrumento de instauración de su propio poder no se confirmaría sino con una “radical” fracción de esta socialdemocracia, el bolchevismo ruso. El partido socialdemócrata,  sumergido en la tradición liberal occidental tomaría el camino cada vez más acentuado hacia el reformismo, el cual extinguiría casi definitivamente su potencial naturaleza “pseudoreligiosa”, o sea, su paradójica “fe científica” en el socialismo. En cambio el bolchevismo, nacido y criado bajo la clandestinidad de un régimen autocrático y semifeudal, desarrollaría toda la potencialidad totalitaria del Partido-Iglesia. A su vez, alimentada con una “ciencia marxista” y con una escatología laica, se potenciaría un tipo de militancia fanática e intolerante y una dirigencia política llena de voluntad de poder. El bolchevismo, como bien advirtió Edgar Morin: “...unifica en sí una naturaleza militar y una naturaleza eclesial/religiosa en una realidad política nueva, moderna”. (26) Esta organización creada por Lenin, el partido totalitario, que identificó la “ciencia marxista” con la “fe revolucionaria” y que creyó poseer la “verdad histórica”, recreó en pleno siglo XX el espíritu de la intolerancia, el espíritu de la guerra de religión. Así pues, Lenin es el artífice de la transformación del Partido-Iglesia -socialdemócrata marxista- en la organización totalitaria que buscaría el poder absoluto, el creador de esa institución sin la cual –según Castoriadis- no se podría concebir el totalitarismo, el partido bolchevique: “...a la vez iglesia ideológica, ejército militante, aparato de Estado in nuce incluso cuando cabía entero ‘en un coche de caballos’, fábrica en la que cada cual tiene su lugar conforme a una estricta jerarquía y una rigurosa división del trabajo.” (27) El bolchevismo -continúa explicando Castoriadis- sintetizó todos esos elementos -ortodoxia, disciplina militar, jerarquía estricta- y confirió un nuevo significado al todo que compuso con ellos:

“Ortodoxia y disciplina son radicalizadas...y extendidas a escala internacional. El principio ‘quien no está con nosotros ha de ser exterminado’ se pondrá en práctica inexorablemente, los modernos medios de terror se inventarán, organizarán y aplicarán en forma masiva. Sobre todo aparece y se instala, ya no como rasgo personal sino como determinante social-histórico, la obsesión por el poder, el poder por el poder, el poder como fin en sí mismo, por todos los medios y poco importa para qué. Ya no se trata de hacerse con el poder para introducir transformaciones concretas, sino de introducir las transformaciones concretas que permitan mantenerse en el poder y reforzarlo sin cesar.” (28)

    

      

JOSÉ CAÑESTRO BATISTA

VENEZUELA

2007

 

Par Verde - Publié dans : Socialismo del Siglo XXI
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Miguel Bakunin

 

 

Carl Sagan

Así, a medida que la ciencia avanza, Dios parece tener cada vez menos que hacer. Es un gran universo, desde luego, por lo que Él, Ella o Ello, podría estar ocupado provechosamente en muchos sitios. Pero lo que evidentemente ha ocurrido es que ante nuestros propios ojos ha ido apareciendo un Dios de los vacíos; es decir, lo que no somos capaces de explicar, se lo atribuimos a Dios. Después, pasado un tiempo, lo explicamos, y entonces deja de pertenecer al reino de Dios. Los teólogos lo dejan de lado y pasa a la lista de competencias de la ciencia.

 

Carl Sagan: “La diversidad de la ciencia” [2007]



 

Stepehen Hawking

"La estirpe humana no es más que un sustrato químico en un planeta pequeño, orbitando alrededor de una estrella mediana, en los suburbios de una galaxia del centenar de miles de millones que existen"

 

Carlos Marx

“Durante el curso de su desarrollo, las fuerzas productivas de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo cual no es más que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad en cuyo interior se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas de esas fuerzas. Entonces se abre una era de revolución social” (1859)

 

 

Albert Einstein

Si una idea no parece absurda

de entrada,

pocas esperanzas

hay para ella.-

 

Groucho Marx

"El secreto de

la vida es

la honestidad y

el juego

limpio, si puedes

simular eso,

lo has conseguido."  

  

MARX, Groucho (1890-1977) 
Actor estadounidense

 

 

 

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