Marzo 14 de 2008
Ponencia para el XII seminario internacional del PT de
México
La militarización en las
Américas y en el mundo
Por: Iñaki Gil de San Vicente/Euskal Herria
3.DE MÉXICO A LAS AMÉRICAS
4.DE LAS AMÉRICAS AL MUNDO
1.- PRESENTACIÓN:
A lo largo del año transcurrido desde el último seminario internacional, organizado por el PT de México, en 2007, se han ido agudizando todas las contradicciones irreconciliables que minan al capitalismo a escala mundial, se han agudizado también las expresiones regionales que estas contradicciones estructurales adquieren en el continente de las Américas y, sobre todo, y como efecto de lo anterior, se han fortalecido y aumentado en intensidad y en extensión las dinámicas represivas, autoritarias, neofascistas y fascistas de la burguesía latinoamericana y especialmente del imperialismo yanqui. Debemos decir que en marzo de 2008 la situación latinoamericana y mundial, comparada con la situación en marzo de 2007, se caracteriza por la aceleración de la dialéctica de la lucha entre el Capital y el Trabajo en todas sus formas de expresión. Tengamos en cuenta que por Capital entendemos la totalidad de las relaciones sociales que impulsan la acumulación ampliada de propiedad privada de las fuerzas productivas en manos de la burguesía, y que por Trabajo entendemos su contrario antagónico e irreconciliable, unido esencial y vitalmente al Capital pero enfrentado a muerte con él en los decisivo, a saber: la totalidad de relaciones sociales que luchan por instaurar la propiedad colectiva de las fuerzas productivas en manos de la humanidad trabajadora.
Pues bien, esta dialéctica de lucha de clases en sus contenidos básicos se ha agudizado a escala planetaria y latinoamericana en este último año. Desde luego que en esta corta ponencia no podemos --ni tampoco queremos-- extendernos en un análisis detallado de todas las múltiples y diversas formas, expresiones y manifestaciones externas y particulares en y con las que se expresan las contradicciones inherentes al modo de producción capitalista. Los pueblos de las Américas son, debido a sus propias resistencias, luchas y avances, muy amplios, complejos y profundos como para intentar expresar en pocas palabras esa riqueza impresionante, riqueza que se multiplica exponencialmente, además, conforme estos pueblos, sus clases trabajadoras, sus fracciones de clase, etc., profundizan y extienden las interacciones mutuas entre ellos, creando realidades nuevas parcial o totalmente inimaginables hace una década y media. Como veremos más adelante, una de las razones que impulsan a los EEUU y a las burguesías colaboracionistas a mejorar sus doctrinas, paradigmas, sistemas y estrategias represivas es precisamente, además de otras razones obvias, esta innegable dinámica hacia la mayor interacción de las oprimidas y oprimidos en continente en planes que superan la fase de resistencia más o menos pasiva y defensiva, y han entrado ya, o lo están haciendo, en la fase de construcción consciente y planificada de alternativas colectivas, ofensivas y creativas, frente a los proyectos imperialistas.
2.- MEXICO COMO EJEMPLO PERTINENTE:
La alarmante experiencia mejicana, que entra dentro del proceso más amplio, general incluso que recorre abierta o solapadamente a Latinoamérica y que encuentra en Colombia una muestra terrible, extendiéndose a Perú y en menor medida a otros Estados burgueses peones fieles de los EEUU, esta experiencia alarmante debe servirnos como preámbulo. La reciente aceptación por la Cámara de Diputados de la popularmente denominada “ley Gestapo”, terriblemente represora y antidemocrática, muestra no sólo la velocidad del avance de la militarización generalizada del Estado mejicano, sino sobre todo las nuevas formas que adquiere esta militarización en las Américas, forma nueva que no niega la esencia del militarismo sino que confirma la capacidad de la clase burguesa para readecuar sus sistemas represivos a las nuevas necesidades. El hecho de que únicamente 6 diputados rechazaran la ley frente a 462 que la aceptaron, y la pasividad de 2 que se abstuvieron, estas abrumadoras cifras indican el grado de integración de la llamada “clase política” en los intereses geoestratégicos de imperialismo yanqui. No es ningún consuelo el pensar que semejante harakiri institucional en lo referente a los derechos democráticos, sociales y humanos, podía haber sido peor si también se hubiera anulado el artículo 16 de la Constitución que, pese a todo, garantiza nominalmente derechos básicos y elementales.
Y decimos que no es ningún consuelo porque en realidad se trata de una pequeña victoria defensiva y aislada frente a una avalancha reaccionaria que llega a paso de carga, como un tsunami que arrasa con el supuesto “Estado de derecho”. Las izquierdas parlamentarias mexicanas deberán redoblar sus luchas y pasar a una clara ofensiva para recuperar los significativos e importantes derechos perdidos. Lo peor es que el avance reaccionario ya venía siendo denunciado por multitud de colectivos y entidades de toda índole. No se puede decir, por tanto, que la izquierda parlamentaria ha sido cogida por sorpresa. Un somero repaso de estas denuncias, y de las instituciones mexicanas e internacionales que las avalan, rebela la gravedad creciente del problema. Por ejemplo, las advertencias de la Comisión Civil Internacional de observación de los Derechos Humanos (CCIODH); de Amnistía Internacional; de la Alta Comisaría para los Derechos Humanos de la ONU en voz de su representante Louise Arbour; de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), y de la Human Rights Watch (HRW), semejantes sendos estudios críticos y premonitores sobre el sistemático recorte en la práctica cotidiana de las libertades concretas, estaban a disposición de los diputados de la izquierda parlamentaria con la suficiente antelación. En estos informes se estudian diferentes ataques prácticos contra diferentes libertades y derechos democráticos, formando todos ellos un corpus argumentativo demoledor por su carga crítica, al margen ahora de consideraciones nuestras que no vienen a cuento en esta ponencia. Pero no han servido para nada, excepto, tal vez y como victoria pírrica, para salvar por ahora de la catástrofe al ya mencionado artículo 16 de la Constitución.
La razón de la marcha triunfal de esta destructiva masacre de las libertades debe buscarse, sobre todo, en la imbricación del nuevo militarismo capitalista en el interior de los Estados burgueses en proceso de licuación interna ante el avance imperialista. Ambos, el militarismo y la licuación interna de Estados burgueses, responden básicamente a las exigencias burguesas en las cada vez más difíciles condiciones de acumulación ampliada de capital. En México se venía dando un avance lento pero imparable, y a veces incluso rápido, de las nuevas características de la militarización que vamos a exponer a continuación. Pero antes de proceder a ello tenemos que decir, primero, que dichas novedades se presentan en todas las sociedades capitalistas al margen de que sean imperialistas y dominantes, ocupen niveles intermedios o sufran dominación imperialista y no puedan romper ya las cadenas de la expoliación, el intercambio desigual y el saqueo generalizado; y segundo, que el derretimiento del Estado mexicano venía produciéndose con bastante antelación. Veámoslo.
Como en el resto de burguesías latinoamericanas, la mexicana también formaba y forma a sus futuros dirigentes en los EEUU. Muchos imperios precapitalistas --Roma, Inca, Azteca…-- exigían a los pueblos que explotaban que hijos y familiares de sus castas o clases dominantes vivieran y se formasen en la capital del imperio, no sólo para tenerlos como rehenes a los que asesinar si sus pueblos se sublevaba, sino también para desnacionalizados, reeducarlos en las ideas del imperio opresor y luego, ya asimilados y convertidos, usarlos en un primer momento como muy efectivos y conscientes instrumentos de control y vigilancia de su pueblo, y sobre todo, y a medio plazo, como fuerzas de desnacionalización y desintegración como pueblo con identidad propia. El imperialismo capitalista también recurre a este método pero lo hace no por la fuerza directa de las armas, sino por la fuerza directa del dinero. Las burguesías de América Latina aceptaron esta imposición no sólo con respecto a sus hijos, sino también para con sus militares, y recordemos la tétrica e inhumana Escuela de las Américas. Para comienzos de los ’70 el grueso de la juventud de la alta burguesía latinoamericana estaba definitivamente envenenada por la ideología neoliberal más extremista, y su primera experiencia práctica fue precisamente en Chile inmediatamente después del golpe fascista de Pinochet.
En México fue durante el transcurso de la década de 1980 cuando el PRI aceptó plenamente las exigencias neoliberales mediante la influencia imparable de los equipos de los presidentes De la Madrid y Salinas, formados en los EEUU. Para la mitad de esta década había retrocedido tanto la capacidad de compra de las masas debido a las medidas gubernamentales que la delincuencia social se generalizó, que las luchas obreras, populares y campesinas se multiplicaron. El final de esta década fue el de la represión generalizada, con intervención de fuerzas militares, represión que se endurecería aún más cuando entraron en lucha las naciones indias, los pueblos originarios en defensa de sus tierras comunales ancestrales. Recordemos que en 1991 la burguesía privatizó las tierras comunales, hasta entonces y desde 1917 constitucionalmente reconocidas como propiedad inalienable de los pueblos indios. La sublevación zapatista en Chiapas de 1994 respondió a este ataque destructor de la esencia misma de la civilización prehispana. El capitalismo mexicano pudo así acabar con uno de los pocos restos que le estorbaban desde 1917 en adelante: acelerar la privatización de todas las tierras y de sus recursos. Por otra parte, siguiendo con la mercantilización de todo lo existente, para el comienzo del siglo XXI de nuestra era, casi el 75% de la banca mexicana había sido vendida al capital extranjero. A la vez, los resortes estatales habían sido cedidos progresivamente al control de tecnócratas privados de ideología fanáticamente neoliberal que directa o indirectamente trabajaban para las grandes corporaciones mexicanas y transnacionales, mayormente yanquis. Junto a esta destrucción de las estructuras y relaciones sociales, se produjo el consiguiente debilitamiento de las organizaciones y partidos a ellas correspondientes.
Fue durante esta involución reaccionaria cuando se desarrollaron los ochos procesos que vamos a presentar muy resumidamente: Primero, el aumento de los cuerpos represivos privados, a manos de fracciones de la burguesía, de modo que una parte del bloque de clases dominante empieza ya a disponer de sus instrumentos de control, vigilancia y represión propios. Segundo, un estrechamiento de la operatividad y de los objetivos de estos ejércitos privados con el oficial, bien mediante sistemas alegales bien mediante sistemas ilegales, pero también mediante las propias leyes que facilitan la proliferación de dichos cuerpos armados privados. Tercero, la deriva o transformación cualitativa de algunos o buena parte de tales grupos en fuerzas paramilitares en sentido estricto. Cuarto, el asentamiento de organizaciones fascistas o neofascistas como el Yunque, y fundamentalistas católicas como Los Legionarios de Cristo, u otras menores o menos conocidas. Quinto, la corrupción generalizada en la policía y en otros instrumentos oficiales del orden legal. Sexto, la penetración paulatina de la narcopolítica en estas nuevas realidades. Séptimo, la dependencia que tiene el Ejército mexicano hacia los EEUU, y que ha destruido de facto la independencia nacional mexicana. Y octavo y último, la desintegración interna del Estado mexicano al debilitarse el aparato funcionarial clásico e imponerse la nueva casta de tecnócratas neoliberales que aplican despiadadamente los intereses de la gran burguesía mexicana y yanqui. Como resumen, síntesis y expresión legal de todo este proceso de militarización social tenemos el Plan Mérida o Plan México, como se quiera.
Como efecto de esta involución reaccionaria, proliferan en México diversas fuerzas represivas estatales, paraestatales y extraestatales, a la vez que decrece la capacidad estatal de asegurar las libertades públicas burguesas, de asegurar las mínimas garantías burguesas que oficial y formalmente asume el sistema capitalista. Hay que partir de este proceso para comprender la multiplicación de las represiones de toda índole que caen sobre los pueblos de México. La experiencia de la Comuna de Oaxaca es definitiva al respecto, pero también en lo que supone sobre la incapacidad de muchas de sus izquierdas para entender qué estaba sucediendo y cómo intervenir en esa heroica lucha. Las desapariciones de dos revolucionarios en Oaxaca es el botón de muestra de la reaparición de lo pero de la militarización más inhumana que parecía haber desaparecido ya de México. En base a todo lo anterior, empiezan ya a oírse advertencias muy asentadas sobre el endurecimiento de todas las represiones posibles y de otras nuevas, así como de la recuperación de viejas prácticas de guerra sucia, de asesinatos o “ejecuciones” extralegales, de desapariciones personas significadas. Lo peor de toda esta involución es que el mismo Estado mexicano ha renunciado siquiera a aparentar la defensa legal mínima e imprescindible de sus “ciudadanos” ante los ataques brutales del “amigo del norte” y de la burguesía mexicana.
3.- DE MÉXICO A LAS AMÉRICAS:
Ahora bien, hasta aquí hemos visto sólo una parte de las nuevas características de la militarización, por aterradoras que sean, pero nos faltan aún otras dos partes más. Una la de la militarización en las Américas, es decir, el desenvolvimiento del nuevo sistema estratégico, del nuevo paradigma militar de los EEUU contra los pueblos de las Américas, que no sólo contra México. La otra y última parte, es la síntesis teórica del militarismo capitalista tal cual se aplica en estos momentos a escala planetaria.
Propiamente hablando, la violencia y en especial su forma militar y estatal ha sido una constante esencial del capitalismo desde su aparición histórica, y
aunque en fases iniciales fuera aplicada casi siempre por empresas privadas de saqueo colonial y comercial transoceánico desde las primeras expediciones portuguesas, españolas, holandesas,
inglesas y francesas, lo cierto es que nunca estas “empresas privadas” dejaron de contar con el apoyo de sus respectivos Estados. El militarismo norteamericano se expresó en una fecha tan
temprana como 1823 cuando J. Quince Adams elaboró la que sería conocida como Doctrina Monroe, pero el salto definitivo e irrevocable se produjo en 1904 con la Doctrina del Destino
Manifiesto oficializada por el presidente Teodoro Roosevelt, según la cual los EEUU tenían derecho a intervenir en cualquier país latinoamericano para defender los intereses yanquis siempre que
estuvieran en peligro. Si analizamos esta teoría con la luz crítica del marxismo, es decir, aplicando el método dialéctico que nos exige penetrar en la lógica de las contradicciones
irreconciliables del problema que estudiamos, descubrimos que, en realidad, por “amenaza a los intereses yanquis” hay que entender todo aquello que directa o indirectamente, de un modo u otro,
debilita la tasa media de ganancia de la burguesía norteamericana y en especial de su fracción dominante.
La fulminante respuesta unitaria dada por Ecuador, Venezuela y Nicaragua ha detenido, por ahora, la agresión colombiana pero no detendrá la tendencia a la agudización de las contradicciones en la
región, ya que pertenecen a las contradicciones estructurales del capitalismo. No hay duda de que los EEUU estudiarán minuciosamente los resultados obtenidos en esta ofensiva, para no repetir los
errores y mejorar y ampliar los aciertos en el futuro. Uno de los gestos que más estudiarán los yanquis es el del abrazo entre Chávez y Uribe, buscando señas de debilidad interna en el
primero y de espera confiada del segundo. Tras estos y otros estudios, el imperialismo dispondrá de mejores condiciones para atacar, ya de pleno en la quinta fase, con ejércitos altamente
especializados, invadiendo zonas estratégicas de las Américas tanto desde el exterior como desde las bases que ya posee, asentándose firmemente en ellas. Estos ataques serán precedidos muy
probablemente por intentos golpistas en los Estados que no obedecen ciegamente al “amigo del norte”, que puedan resistirse a sus exigencias, del mismo modo que serán precedidos muy probablemente
por serias amenazas contra los demás Estados que puedan dudar sobre si se suman o no a la “cruzada civilizadora”. Los EEUU no pueden permitir en modo alguno que vuelvan a producirse resistencias
y rechazos, auténticos fracasos, como los obtenidos al pedir el apoyo latinoamericano a la invasión de Iraq, al nombramiento de un presidente pelele en la OEA, u otros que se reiteran de unos
años a esta parte. Semejante indocilidad e insumisión debe quedar erradicada de cuajo antes de que los EEUU procedan a invasiones escalonadas, realizadas con el apoyo de ejércitos y burguesías
colaboracionistas.
Hacer de Colombia un “portaaviones terrestre”, como lo son Israel y otros Estados esparcidos por el mundo en lugares geoestratégicos para el imperialismo, no
es en modo alguno una práctica nueva en la historia bélica, incluso antes de que existieran los portaaviones. La dinámica impuesta por los EEUU para convertir a Perú y Paraguay en otras dos bases
propias, es parte de este proceso de militarización en su quinta fase. Sin embargo, la actual doctrina estratégica imperialista es mucho más que la quinta fase de la militarización que se expande
por las Américas, lo que nos exige desarrollar un último capítulo.
4. DE LAS AMÉRICAS AL MUNDO:
Quien haya adquirido unos rudimentos de historia militar sabe, primero, que la prevención es una de las prioridades explícitamente reconocidas desde los orígenes de esta práctica social que es la guerra; segundo, que las denominadas “guerra propagandística”, “guerra de contrainformación”, “guerra psicológica”, etc., son prácticas tan “viejas” en su denominador común como los primeros tratados sobre esta mezcla de arte y tecnociencia; tercero, que el recurso a poseer bases militares propias o aliadas establecidas en territorios lejanos desde las que vigilar y proceder a ataques rápidos de castigo a los pueblos rebeldes, es otra constante en la historia bélica; cuarto, que estas u otras bases pueden obtenerse mediante el apoyo de las castas o clases dominantes en esos territorios lejanos, mediante pactos o amenazas, de manera que las potencias dominantes crean “Estados tapones”, “glacis protectores”, “bases de intervención avanzada”; y, quinto, que pese a todo ello y en última instancia, que lo decisivo, lo que decide la suerte de todas las guerras es la ocupación militar ‘in situ’ del territorio con sus recursos naturales, de la fuerza de trabajo del pueblo invadido y de sus bienes acumulados a lo largo del tiempo.
Estas y otras lecciones esenciales de la historia bélica deben tomar cuerpo en los diferentes contextos y coyunturas que se producen desde la irrupción del modo de producción capitalista, y en cada fase de su evolución. Más recientemente, en la medida en que la contraofensiva capitalista mundial lanzada desde mediados de los ’70 del siglo XX, iba destruyendo a la vieja clase trabajadora durante las feroces luchas de clases economicistas y defensivas de los ’80 y comienzos de los ’90, en esa medida era imparable el ascenso de las nuevas castas y capas de tecnócratas neoliberales, metódicos, fríos e insensibles a la devastación social y humana que sus políticas “de ajuste” causaban por doquier. Hasta entonces y durante ese tiempo, las nuevas características de la militarización capitalista se habían expresado fundamentalmente contra los pueblos poseedores de zonas geoestratégicas como es el caso de la guerra británica y norteamericana contra Argentina por la reconquista de las Islas Malvinas, y/o contra los pueblos poseedores de recursos energéticos vitales, como Iraq a comienzos de los ’90 como ejemplo paradigmático, sin olvidar a otros. Sin embargo, conforme la resistencia empezó a emerger de nuevo dentro mismo del capitalismo imperialista --recordemos los motines urbanos contra la pobreza creciente en grandes barrios de ciudades yanquis en 1992, o las huelgas en Corea del Sur, o la oleada de luchas en 1995 en el Estado francés, o Seattlel en los EEUU, etc.--, y dentro mismo de su “patio trasero”, en los pueblos de las Américas con la sublevación zapatista de 1994 como eje de giro, conforme se producía esta reactivación de las luchas, el militarismo empezó a mostrar sus nuevas caras en todas partes, dependiendo de las resistencias que pudiera obtener. Recordemos el impulso dado a la militarización social por los gobiernos de Aznar en el Estado español y de Berlusconi en Italia, por citar dos ejemplos.
Estas consideraciones son necesarias para poner los pies en la experiencia histórica y en la realidad actual, en vez de dejarnos llevar por las modas intelectuales más recientes, en este caso la “teoría” de la “Guerra de Cuarta Generación” o el informe titulado “Hacia una estrategia para un mundo inestable”. No estamos diciendo que éstas en concreto y que otras algo más antiguas no tengan parte de verdad. La tienen, pero debemos estar atentos a los peligros que se encierran en su interpretación general y a los vacíos que tienen, o a tesis que se silencian o se ocultan.
Por ejemplo, según la tesis de “Guerra de Cuarta Generación” estaríamos ante una forma de guerra que ha integrado activa y masivamente la manipulación propagandística, psicológica, inconsciente y subliminal mediante el uso de los últimos descubrimientos científicos sobre la psicología y el cerebro humanos; la acción preventiva en los problemas sociales para dividir y debilitar el apoyo popular a las fuerzas insurrectas lo que le obliga a politizar e integrar en los aparatos de orden a ONGs, grupos, colectivos e instituciones anteriormente apolíticas y neutrales, utilizándolas como detectores del malestar social en el interior de las masas explotadas; la utilización de toda clases de fuerzas de intervención, desde privadas hasta convencionales con insistencia en su muy alta especialización tecnológica aeroespacial y móvil para la lucha en las grandes barriadas empobrecidas y en las conurbaciones gigantescas que se extienden por el planeta, militarizando a la policía y dotando de poderes policiales y judiciales a las fuerzas militares sobre el mismo terreno de acción, interpretando las conurbaciones como “selvas de cemento” en la que los pueblos insurrectos pueden moverse como anteriormente lo hacían las guerrillas rurales en las selvas naturales; extendiendo y multiplicando los controles sociales y las vigilancias más sofisticadas a todos los rincones de la vida humana, a los más recónditos e íntimos para, con las informaciones obtenidas mejorar la efectividad de las represiones que también se diversifican adecuándose a la complejización de los sujetos colectivos potencialmente peligrosos para el capitalismo, etc.
Siendo ciertas muchas de estas tendencias, o todas, el límite insalvable de esta teoría radica, primero, en su visión muy corta y convencional en el plano histórico, porque se remite sólo a las guerras napoleónicas como el inicio de la primera generación de la guerra, fijando la segunda generación en la guerra mundial de 1914-18 y la tercera generación en la guerra relámpago o blizkrieg de 1939. Toda la impresionante experiencia anterior a esa época inicial, y sobre todo simultánea pero realizada fuera de los límites geográficos de esas guerras, como la mayoría de revoluciones de liberación nacional y social habidas desde 1917 en adelante, quedan fuera de la teoría, reduciéndola en extremo. Las clases y pueblos explotados, las mujeres, los grupos sociales de todo tipo, etc., también debemos aprender de esa otra experiencia exterior rechazada por esa teoría de la cuarta generación. Y de esta pobreza excluyente surge su peor error: que no capta las constantes que enfrentan a las prácticas revolucionarias de las masas explotadas del planeta contra el imperialismo, con las formas de acción de las tropas imperialistas durante un siglo. Por ejemplo: toda la experiencia estudiada hasta el presente atestigua por activa o por pasiva, por la victoria en la mayoría de los carros y por la derrota en el peor de los casos, que las masas populares están más preparadas psicológicamente para la lucha en las “selvas de cemento” que las especializadas tropas invasoras y represivas. También enseña que las masas populares tienden a sacar más efectividad letal con menos costo energético que las tropas invasoras y represoras, diferencia que será cada vez más importante en un contexto de creciente penuria energética.
Errores idénticos se aprecian en el documento “Hacia una estrategia para un mundo inestable”, elaborado muy recientemente por altos especialistas de la OTAN para su próximo debate interno. Coincidiendo prácticamente en todo con las previsiones realizadas desde finales de los ’90 por otras agencias imperialistas, por la CIA, etc., que no podemos citar ahora, este informe para el debate insiste en cuatro grandes problemas que ya existen y que exigen de unas medidas extremadamente autoritarias y antidemocráticas: hablan de las consecuencias globales desastrosas derivadas del cambio climático, lo que facilitará el aumento del “terrorismo” en segundo lugar, que también se verá fortalecido por el aumento del “fanatismo religioso”, naturalmente no de índole cristiana, en cuarto lugar y, por último, como efecto de todo lo anterior, el llamado debilitamiento de los Estados y de las organizaciones internacionales desarrolladas por los EEUU entre 1944-45 y que han sido decisivas para facilitar la onda larga expansiva del capitalismo que empezó a entrar en crisis estructural desde finales de los ’60 y de la que aún no se ha recuperado.
Sus propuestas son tremendamente duras y hasta salvajes, y podemos resumirlas así: primero, crear un poder occidental único formado por la alianza estratégica y táctica entre los EEUU, la UE y la OTAN, alianza en la que esta organización militar, controlada por los EEUU, tendría el poder decisorio sobre los respectivos Estados de la UE; segundo, esta nueva potencia se reserva el derecho de atacar a cualquier enemigo sin pedir permiso a la ONU y a otras instituciones internacionales, de modo que, así, se legitime definitivamente una costumbre tan antigua como el capitalismo, cerrando definitivamente el largo período de control estadounidense del mundo mediante la ayuda de las organizaciones que creó en Bretton Wood e inaugurando otro de impunidad absoluta legalmente afirmada; tercero, adjudicarse el derecho a usar armas nucleares de diversa letalidad según los riesgos y el peligro de las amenazas exteriores; y, cuarto, defensa a ultranza de los supuestos “valores esenciales de Occidente”, amenazados por otras potencias emergentes, con sus culturas, religiones e ideologías no occidentales.
No hace falta insistir en que el papel dado a la OTAN dentro de esta nueva potencia, como fuerza de orden y vigilancia dentro de sus respectivos Estados, este papel no hace sino confirmar la tendencia a la militarización represiva dentro de “Occidente”, tendencia que viene siendo reforzada con peticiones expresas y con medidas concretas en los últimos años, ante el hecho innegable del reinicio de una nueva oleada de lucha de clases, nacionales, de sexo-género, etc., que ya se agita dentro del imperialismo. La burguesía imperialista occidental no puede permitir que se debilite su retaguardia interna con las luchas de sus propias masas explotadas, cada vez más golpeadas por las medidas de austeridad que está imponiendo la clase dominante. Sin extendernos ahora, tanto en la UE como en los EEUU se asiste a un ascenso de estas luchas y la burguesía debe detenerlo lo antes posibles entre otras razones porque, como se confirma en los EEUU y se verá en su momento también en la UE, existe un fuerte rechazo social de base a los ataques imperialistas contra pueblos explotados, y es muy probable que dicho rechazo se incremente con el tiempo. Además, el empobrecimiento relativo que avanza en el centro imperialista está haciendo aparecer también áreas urbanas desindustrilazadas y en creciente pauperización. Sin llegar todavía al nivel de antagonismo que crece en las grandes zonas empobrecidas de las conurbaciones del Tercer Mundo, en el centro imperialista ya empiezan a despuntar las primeras tendencias en esa dirección.
La manipulación propagandística del mito de “Occidente” como faro de la humanidad y receptáculo de sus conquistas humanísticas, adquiere aquí su pleno sentido. En la medida en que la mundialización de la ley del valor-trabajo van determinando el ascenso de potencias emergentes que cuestionarán a medio plazo la hegemonía del capitalismo occidental, en esta medida, la burguesía occidental necesita un nuevo cemento ideológico que cohesione su dominación y que, a la vez, integre a las débiles burguesías criollas de otros continentes que se han formado en gran parte dentro del occidentalismo. En las Américas, especialmente, pero en menor medida en otras áreas del planeta en las que el colonialismo y el imperialismo capitalistas han creado burguesías occidentalizadas, en estos lugares “Occidente” busca reforzar su asentamiento gracias al mito occidental, aceptado y defendido por esas burguesías subalternas. Muy en síntesis, el muy reciente documento “América Latina, una Agenda de Libertad”, elaborado por la derecha neofascista española y europea, insiste en la urgencia de defender y extender las “virtudes de Occidente” en las Américas.
Enfrentada a un futuro en el que los recursos energéticos, desde el petróleo hasta el alimento, incluida el agua potable, las biodiversidad y el clima, se van minorizando, deteriorando y encareciendo; en un contexto en que el potencias emergentes, desde China hasta Brasil pasando por India, etc., no tendrán más remedio que ir enfrentándose a la voracidad occidental para asegurarse el acceso a su parte de recursos vitales; en un mundo en el que el crece el rechazo a los EEUU y a sus barbaridades, en el que los pueblos muestran orgullosamente su identidad nacional y se resisten cada vez más organizadamente al monstruo imperialista y, por no extendernos, con una lucha de clases y nacional con tendencia al alza dentro mismo del imperialismo central, en estas realidades que ya están llamando a las puertas, la burguesía occidental, euroyanqui, no tiene más remedio que cerrar filas. Necesidad que aumenta conforme empeoran los indicadores del profundo agotamiento del capitalismo norteamericano, que ha sobrevivido hasta ahora gracias a un endeudamiento impagable, a una explotación inhumana y a un gasto militar tan irracional como imposible de sostener a medio plazo, a no ser que se refuerce la expoliación imperialista y la UE y otras burguesías acudan en su apoyo, como ocurre. Naturalmente, estas potencias emergentes, que aún están bastante por detrás de los Estados imperialistas, también se enfrentarán a sus clases explotadas, lo que complicará aún más el panorama mundial de la lucha a muerte entre el capital y el trabajo.
La glorificación militarista de “Occidente” se realiza simultaneando diferentes recursos y tácticas, algunas de las cuales ya han sido muy brevemente expuestas, aunque, para acabar esta ponencia, vamos a sintetizar ahora. Obviamente, un recurso decisivo del imperialismo es su industria político-mediática, su monopolio casi absoluto de los medios de prensa. Con las cadenas audiovisuales, la prensa escrita y las casas editoras, las radios y la subindustria musical y del espectáculo, etc., buscan colonizar las mentes de las personas, alienarlas, decirles lo que han de pensar, creer y decir, y lo que han de rechazar y denostar incluso con virulencia reaccionaria o conservadora en el mejor de los casos. Esta poderosa industria imperialista inunda la cotidianeidad de las clases explotadas con decenas de películas violentas que rinden culto a la independencia absoluta de los grupos armados capitalistas, a la tortura y al racismo, al occidentalismo y al machismo más soez y zafio agresivo y virulento. Entre película y película, y en su transcurso, se intercalan millares de anuncios en los que la violencia, el individualismo más insolidario, el consumismo más irracional y compulsivo, el sexismo más repelente y el racismo más vulgar, compiten con los más sofisticados y subliminales mensajes de pasividad y acatamiento servil del orden opresor. La militarización de las conciencias es una necesidad ineludible para la simultánea o inmediatamente posterior militarización de la sociedad en su conjunto.
Simultáneamente, en el interior de estos mensajes cotidianos, toda resistencia al capitalismo, a “Occidente” es presentada como “terrorismo”. La criminalización de las resistencias se realiza antes incluso de que éstas hayan surgido. Se crea un clima social de ansiedad, preocupación y miedo ante una amenaza nada remota, sino muy cercana, por no decir inmediata y presente. Cualquier reivindicación social por pequeña que sea es observaba al detalle por la prensa y por el poder, intentando descubrir una mínima conexión indirecta y remota con algo que pueda ser catalogado como “terrorismo”. Una vez lograda esa ligazón, muy frecuentemente inventada, se pone en funcionamiento el entero sistema represivo. Antiguamente, la Inquisición se encargaba de fabricar u obtener “pruebas”, mediante delaciones anónimas sostenidas por “testigos protegidos”, torturas atroces y acusaciones infundadas: todo valía para luchar contra el diablo y sus secuaces, los herejes, blasfemos o ateos. Después, los “tribunales democráticos” o los fascistas, buscaron o crearon --siguen haciéndolo-- pruebas contra las y los revolucionarios, fueran anarquistas, comunistas o socialistas. Más recientemente, el poder occidental y el fundamentalismo cristiano han sumado a los musulmanes a la larga lista de los enemigos a aplastar. La acusación de “terrorismo” incluye en la actualidad a todos ellos.
A la vez, la militarización actual ha creado una figura relativamente nueva en los anales de la represión: las cárceles inexistentes oficialmente, los guantánamos, los vuelos no registrados que trasladan “terroristas” de un lugar a otro sin que lo sepan las organizaciones internacionales y estatales de defensa de los derechos humanos. Decimos que “relativamente nueva” porque la desaparición u ocultación de los detenidos ha sido muy frecuente en los tiempos pasados. Lo nuevo es que ahora se justifica como legal, necesaria y lógica esta aberración, lo mismo que ahora se legaliza la tortura en el corazón de la democracia burguesa. La militarización de la justicia imperialista es pareja a la impunidad absoluta de sus ejércitos allí donde intervienen, incluidos contingentes de la ONU. La vuelta a los ejércitos privados estrechamente unidos al saqueo imperialista --práctica común en la primera fase del capitalismo comercial-- hace que los mercenarios sean a la vez fiscales, jueces y verdugos, que obedecen no ya a sus Estados sino fundamentalmente a las empresas capitalistas que les contratan. Surge así un poder fáctico independiente de la ley burguesa oficial.
También ha aparecido un componente nuevo de la militarización social creciente, que no es otro que el conjunto de supuestas “tareas humanizadoras” a realizar por los ejércitos consistentes en llevar auxilio a los pueblos afectados por desastres, hambrunas, plagas, etc.; tareas de interposición “neutral” entre bandos en lucha para salvaguardar los derechos de los no combatientes, o eso dicen, etc. Una especie de anuncio de esta dinámica lo tenemos en la creación de la Cruz Roja Internacional y en sus relaciones con los Estados y sus ejércitos respectivos, así como en los acuerdos internacionales al respecto. Pero, en realidad, desde mediados de los ’90 del siglo pasado en adelante se ha producido un salto cualitativo al respecto ya que, por un lado, esas nuevas tareas legitiman las intervenciones imperialista directas o mediante la ONU allí en donde lo deciden las potencias hegemónicas; por otro lado, se ha creado una nueva industria “de la ayuda” mediante la que se enriquecen con las ONGs, ministerios estatales y organismos e instituciones varias, los Estados imperialistas, a la vez que estrechan su poder en las zonas “ayudadas” mediante esos organismos “civiles”, “humanitarios” y “desinteresados” pero internamente conectados con sus Estados correspondientes; y por último, esta novedad del militarismo también se expande mediante la industria político-mediática fabricando la ideología legitimadora correspondiente que se expresa en películas, programas educativos, anuncios y toda clase de propaganda especial.
La mejor manera de concluir esta ponencia y en especial este último apartado es citar como ejemplo la reactualización por el imperialismo de la vieja ideología burguesa del derecho de expropiación por aquellas riquezas que se encuentran sin ser rentabilizadas por los pueblos que las poseen, o que están mal rentabilizadas. Empiezan a surgir tesis que sostienen que debido a los serios problemas que aquejan a la humanidad y que irán empeorando, son las “naciones civilizadas” las que tienen la “obligación moral” de velar, cuidar y rentabilizar esas reservas estratégicas, esos recursos escasos. Conservadores estadounidenses, por ejemplo, empiezan a sostener que es un deber de los EEUU poner orden en la Amazonía, garantizar su correcta explotación y acabar con el mal uso que de sus vitales recursos hacen los pueblos salvajes y los débiles Estados de la zona. Esta idea básica ya estaba latente en la invasión de Iraq, aunque sin explicitarse del todo. Pero lo decisivo es que hunde sus raíces en los argumentos del expansionismo comercial británico en su pugna con el imperio español. La disputa radicaba en definir quien de los dos tenía derecho a quedarse con las tierras de los pueblos aborígenes e indígenas. Los españoles decían que ellos porque las habían descubierto antes, mientras que los británicos sostenían que podían arrebatársela a los españoles porque sólo ellos las cultivaban. La justificación española era feudal y precapitalista, la británica era productivista y mercantilista, adelantando lo esencial de la justificación imperialista.
La militarización actual, como vemos, lleva al extremo las constantes genéticas del capitalismo desde sus orígenes, desarrolla características nuevas y conduce a la humanidad entera a un callejón sin salida, a un dilema que ha superado el anterior de Socialismo o Barbarie, para pasar a ser el de Comunismo o Caos.
IÑAKI GIL DE SAN VICENTE
EUSKAL HERRIA 10/03/2008.-
Extractado de:
http://www.abpnoticias.com/boletin_temporal/contenido/articulos/inaki_pt_ponencia.html
http://www.pt.org.mx/

