Nuestro ateísmo no es un dogma. Es un axioma. Si Dios no puede existir, y de eso estamos seguros sobre la base de la ciencia (no es que hayamos tenido una revelación sobre el particular) por lo tanto no deberían existir los Amos que, en el plano terrenal, son de origen divino. Por tanto, Amos, en cualquier terreno del acontecer humano, están de sobra. ¡Ni Dios ni Amo!
Ahora bien, esto no implica que nosotros no estemos dispuestos a trabajar con deístas o teístas en el terreno de la búsqueda de la justicia social, de la igualdad y de la libertad. Nada tienen que ver las pestañas con el culo. El tema trascendente es una asignatura a dilucidar, pero el tema inmanente es el de la vida cotidiana.
Lo mismo pasa con muchos otros temas. Hace tiempo superamos ya el antimarxismo heredado de la Guerra Fría, y vemos al marxismo como una más de nuestras utopías queridas, es decir, como otro aporte a la eterna brega por la liberación social y humana.
Con el liberalismo también tenemos otra relación. Que las sociedades abandonen el autoritarismo de todos los colores, edades y sexos impuesto por la cultura judeocristiana; para nosotros, obviamente, es preferible la posibilidad liberal antes que la autoreferencia conservadora y autoritaria. Antes que el pensamiento y el accionar autoritario optamos por las opciones liberales, libertarias y, si está a nuestro alcance, anárquicas.
Pero esto no significa que confundamos el marxismo, el liberalismo y el anarquismo.
Estos temas los hemos tenido claros desde hace tiempo; como los tiene claros muchísima gente.
El anarquismo es la conjunción del ideario socialista con la izquierda liberal, eso se sabe, no es nuevo. Pero nace, el anarquismo, en la lucha de clases, como una corriente que postula la liquidación de todo monopolio, de todo dominio, y especialmente el dominio burgués y el monopolio del poder político.
“La primera tarea del proletariado es la abolición del poder político”, decían, más o menos, los internacionalistas antiautoritarios de Saint-Imier, en 1872. Es decir, los fundadores del comunismo anárquico.
Una declaración como esa ha demostrado ser tan incierta como la de Marx y Engels que aseguraban que tras la dictadura del proletariado el Estado se extinguiría y pasaría a ser una suerte de “administración de las cosas” públicas, ni más ni menos.
Nos podemos sentar a las puertas de nuestras casas a decir: “si el Estado no es abolido, no me empato en ésa”. Es la opción del dogma como somnífero.
Podemos hacer, asimismo, lo que hicieron los anarquistas catalanes de 1936 (que no era un puñado de idealistas, sino una vanguardia de un movimiento de hondas y amplias raíces populares, urbanas y campesinas): las circunstancias nos imponen consideraciones de circunstancias. Y se aliaron con el resto de la izquierda y, sobre la base de su arraigo popular, formaron parte de los gobiernos antifascistas, aunque previamente presentaran un programa alternativo.
Mar y Engels poco, o muy poco, diseñaron una política a partir de su pensamiento. Se trataba de consideraciones sobre acontecimientos que se daban en la Europa, o sobre la Europa de su tiempo.
Mientras el mundo esté escindido en estados nacionales, y mientras la política siga siendo la actividad que es, no podemos simplemente sustituir el poder político de acuerdo a nuestros deseos, porque por muchos deseos que tengamos no es posible sustituirlo, porque está engarzado dentro del contexto del Imperio bipolar, con su Mercado global y su sistema de Estados-nación.
¿Esto quiere decir que renunciamos a nuestros postulados? No, en absoluto. Lo que significa es que buscaremos nuestros objetivos a través de sendas que ningún dogma del pasado pudo imaginarse.-














